domingo, 22 de enero de 2017

¿VEINTE EUROS POR UN LIBRO?

Hola, verraco. Sí, contigo mismo que me estás leyendo ahora. ¿Así que te gastaste

la pastica en este libro? Ja. Lo que hay que ver. Se ve que no te enteras de nada,

hijo. Se ve que no sabes que gastar dinero en libros es como atracarse de virutas de

pino ruso. ¡Ah! A que no pensaste cuántas pizzas te podías comer con ese dinerito. O

cuántos cafés te podías tomar. O cuántas otras cosas que seguramente necesitas

más que ponerte a leer esta mierda. Sí, hombre, sí, no pongas esa cara de cuiclo.

Este libro es una mierda. Ya te darás cuenta según vayas leyéndolo, si es que pasas

de esta primera página. Porque no creo que seas tan gilipollas, más de lo que has

demostrado ser al comprar lo que únicamente un mequetrefe como tú sería capaz

de comprar, y pasarte de la raya sería ya un caso patológico. Así que ponte en

onda, nene. Y despabílate, que el mundo es de los livianos, y si acaso te gusta leer,

lo que yo pongo en duda en esta época, pues vete a una biblioteca y lee gratis,

que con la que está cayendo no se puede estar despilfarrando la pasta, y parece

que tú no estás forrado que digamos. ¿Que si este libro es una mierda por qué lo

han publicado? ¡Ay, muchacho! De verdad que vives en la inopia perpetua. ¿Es que

todavía no te has enterado de que aquí, mientras más basura escribas más chance

tienes de que te la publiquen? Eso es lo que vende, hijo mío. Como esas revistas de

idioteces para los idiotas, o esos programas de estupideces para los estúpidos, o esas

tertulias políticas donde todos quieren hablar al mismo tiempo, o sobre el fútbol,

donde ídem de lienzo, o sobre cualquier memez que pueda atraer público para

ver y oír. Pues eso, majín. Pero lo tuyo es de anjá, porque a estas alturas ya va

siendo cosa rara encontrarse con alguien capaz de desembolsar tremenda suma en

un libro de esos que llaman serio. Y total, para después, cuando llegue a la página 4

cerrarlo, lamentarse de la tontería y de lo cretino que se ha sido, y lanzarlo al latón

de basura, ja ja, y esperar que Jacinta lo saque hasta el contenedor junto al resto de

la mierda que genera cualquier casa de vecino diariamente. Me das pena, chico.

Mucha pena. Porque hasta El Tato se ha dado cuenta de que aquí la literatura se ha

convertido en un negocio, como el fútbol, y ha dejado de ser arte, si es que algún

día lo fue, pues siempre he leído (sí, yo también cometo esa estupidez de ponerme

a leer algo de vez en cuando, no creas que tú eres el único) que las artes son seis:

música, danza, teatro, pintura, escultura y arquitectura, y que al cine lo han llamado

los contertulios de cafetería barata el séptimo arte. Y en esa relación no veo nada

que se parezca a las letras, pues por eso, vamos, tengo dudas. A ti no te voy a dar

cuerda, un sanaco como tú que se gasta 20 euros en un libro como éste, vaya,

estaría perdiendo facultades, como me decía mi madre. Pues ¿por dónde iba? Ah,

pues mi madre va a tener razón. A ver... ¡qué memoria! Tendré que ir a ver a Montse

a la farmacia y preguntarle si es verdad que De Memory te pone como un elefante

con un par de ampollas diarias. En fin. Ya. Las artes, la literatura. Eso. Me pregunto

qué carajo es entonces la literatura, si no es un arte. ¿Una ciencia? ¿Un tratado?

¿Un entretenimiento como los play station esos? Ni el mismísimo Cervantes podría

sacarme de la oscuridad. Pero dejemos eso a los expertos, que ni tú ni yo lo somos,

y tú menos, por lo que has hecho con tus 20 euritos. A lo mejor buscando en un

diccionario. Pues como te decía, que sigo sin saber qué rayos es la literatura, y a

estas alturas ya no quiero saberlo, ¿de qué me serviría? Bueno, ¿estás en la onda de

coger al vuelo palabritas de lujo? Pues anda. Ni el filósofo japonés Hemero Teka. No.

Pero bueno, ¿qué nos importa eso a ti y a mí? Mira, no sé tú, pero a mí lo que me

importa es sacar una modesta cantidad de pasta vendiendo esta mierda que

escribo y que siempre encuentra guanajos como tú que la compran, que son tipos

con su masa encefálica reducida, lo que no les impide vivir y quizás disfrutar de las

cosas que pueden disfrutar así seborucos como son, y que por eso compran libros

que se escriben y se venden hoy como baguettes acabaditas de sacar del horno, y

ten por seguro que cuando se siguen escribiendo y publicando es porque se siguen

vendiendo, porque en el mundo hay más idiotas que sabios, sin dudas. Y mientras

más cretinos sean los autores, más compradores encuentran. Es natural. Y mira si esto

de la letra impresa es un negocio gordo que oye esto que voy a contarte: resulta

que termino de escribir un libro de relatos que además de mí y de algunos como tú

yo no creo que haya nadie que pase del primero, pero bien, el caso es que como te

decía, encuaderno el libraco, me presento en una editorial de tercera, me dirijo a la

señorita (!?) que parece ser la cancerbera de turno que además de leer revistas de

famosos mierderos y arreglarse las uñas, de vez en cuando contesta el teléfono para

decir NO, o atiende a un inocente que llega creyéndose el próximo Premio Nobel, y

le digo: buenos días (siempre educado, mano, que con la grosería no conquistas ni

a María Caracoles), mire, por favor, quiero hablar con el Jefe de Publicación, 

para presentarle este libro -y le enseño la obra de arte que al fin pude empaquetar-,

sonriéndole como si estuviera viendo La cena de los idiotas y ja ja ja. Pero ¡ay1,

amigo, la inocencia se parece a la ignorancia o viceversa. O es casi lo mismo, quién

sabe. Pues la aludida sonríe esplendorosamente, me mira, mira el paquete (del libro,

no vayas a  pensar otra cosa), y me suelta sin floreo en voz baja, casi suplicante:

señor, lo siento mucho, pero tiene que pedir una cita por teléfono. Ante respuesta

semejante me quedo sin habla un minuto. Al cabo reacciono y le espeto: pero

señorita, ¿por qué por teléfono?, si estoy aquí de cuerpo presente creo que puede

darme la cita ahora mismo, ¿no? Entonces la muñeca que suspira me mira con

lástima, me compadece para sus interioridades y piensa: otro bobo y ya van tres

esta mañana, Dios mío, la gente no escarmienta, y en voz algo menos susurrante

me dice que eso es así porque así está establecido y que en esa editorial (no sabe

si en las demás) las citas se solicitan por teléfono y que si estoy de verdad interesado

en presentar mi obra que por favor llame a este número -y me entrega una tarjeta

con el membrete de la editorial, la dirección y un número de teléfono- y solicite una

cita con el señor Jefe de Publicaciones (en plural, me aclara), y estoy segura de que

el señor Doimeadiós lo atenderá con muchísimo gusto. Y no me queda más remedio

que salir de allí volando a buscar una cabina y llamar al número indicado. Porque te

repito: cuando se me sube la vena de la tontería creo hasta lo que dice el Jefe del

Gobierno. Pues niño, sigue oyendo: cuando llamo, me sale una musiquita de lo más

riquita que me adormece de momento pero cuando llevo ya cinco minutos oyendo

me entra el desespero y a los nueve cuelgo de un tirón lamentando el gasto de la

llamada inútil. ¡Ah!, pero soy persistente, no en gastar mi dinero volviendo a llamar,

sino en averiguar dónde está el gato encerrado que vislumbro maúlla en todo este

truco. Y lo consigo: resulta que la editorial tiene un convenio con la Telefónica para

ganar dinero sin publicar ni hostias, pues cuando cada tonto llama y le disparan esa

musiquita, la operadora telefónica está ganando euros y la editorial recibe una

parte de esos euros. Eso fue lo que mi persistencia averiguó, contactando con otros

cretinos como yo que habían pasado por ese coladero. ¿Qué te parece? Ah, no lo

crees. Era de esperar, tu cabeza no da para creer esas cosas, majín. Pues como no

pude conseguir las bases para el concurso que me interesaba, tuve que

encuadernar mi obra maestra y llevarla a esa puta editorial que ya ves. Sí, porque

esa es otra, monada, aquí las bases están dirigidas a quienes no viajan en Metro,

porque cada vez que sale la propuesta de un certamen te ponen: bases completas

en www.premiotal.ondacual.com y como ni tú ni yo ni nosotros los bienaventurados

que tendremos el reino de los cielos según la Biblia, pero que aquí en la Tierra no

tenemos ni un euro para tomarnos un descafeinado en la cafetería del centro de

mayores que lo cobra a esa cantidad, ya tú sabes: a joderse, que el dinero se le

entrega a quienes lo tienen de sobra y los que sí lo necesitamos al carajo la vela.

Que se jodan, dirá algún hijo de la gran de esos que controlan esos premios. Ya me

lo dijo Marcelino K Gao (le dicen así porque tiene los ojos achinados, aunque hay

quienes aseguran que se lo dicen por otra razón que no sé cuál podrá ser). Pues me

dijo: aquí para hacer dinero tienes que tener dinero, hermano, y en eso de las letras

eso es una verdad más alta que las 4 torres de Chamartín de noche. Pero eso es lo

que es, lo demás es confiar hasta en el alunicero Virulo (que por cierto va por su

sexto coche estrellado contra escaparates de joyerías y en la calle paseando como

si fuera el Ciudadano Modelo 2009). Fíjate si la literatura es un negocio. Y redondo,

para más ganar. Pero no creas que eso es todo, no. Parece mentira que seas tan

cándido. Hay más, hijo, hay mucho más. Mira si no: los premios literarios. ¿Sabes

algo de eso? No, claro que no, ¿qué coño vas a saber si ni siquiera sabes que ir a

comprar un libro de 20 euros es comer de la que pica el pollo? Pues oye esto otro:

fíjate si la literatura está aquí manipulada y emputecida que hace unos años leí en

un suplemento de esos que se llaman culturales de algún periódico independiente

(como todos los periódicos, claro) comentarios elogiosos sobre la que se aseguraba

en el artículo que sería "nuestra próxima flamante Premio Tal", quince días antes de

que se concediera el premio. Si es como para reírse, oye. Colega, que aquí los

premios de alto calibre ya están concedidos de antemano, y siempre a un nombre

establecido, porque nunca he leído que ese Premio Tal o cualquier otro de nivel se

ha concedido este año a Juan José Pérez Pérez, el carnicero del mercado de la

esquina, que en sus horas de asueto se dedica a emborronar cuartillas anotando lo

que sucede en su carnicería, que él considera lo más interesante de su vida, o a Luis

González, ese joven escritor que sólo ha podido publicar un cuentecito en una

revistica de provincia lejana, pero que según algunos críticos, también lejanos, el

hombre tiene madera, escribe bien, es una lástima que... etc. Pues este muchacho

envió un libro al concurso Nuevo Aniversario del Ayuntamiento de X, para ver si...

y no vio ni mierda. Pero oye bien, esteniño: ni el carnicero ni el joven aludido eran

conocidos antes de la anécdota. El carnicero sigue siéndolo y el joven más o menos

aunque de vez en cuando saca un cuentecito en alguna publicación de barrio y

envía, otra vez y van... a algún certamen anunciado en un periódico gratuito... Por

eso yo me pregunto ¿cómo se dieron a conocer estos que hoy son conocidos y

pueden publicar cualquier cosa que escriban?, aunque lo que escriban sea punto

menos que un flato. Eso no se lo dispara ni Tata Cuñengue, mi socio. Sí, porque el

despabilado José el Santo (no sé por qué le dicen así, porque santería tendrá

mucha, pero para embaucar a los idiotas que se consultan con él y sus figuras de

yeso, frente a las cuales siempre hay un montón de maíz tierno, céntimos sucios,

cartas de la baraja y otras menudencias que dan a su cuartucho un aire místico que

embulla), me dijo hace poco: "mira, buen hombre, en este país para darte a

conocer tienes que publicar, pero para publicar tienes que ser un conocido", oye,

chúpate ésa. El cubo de Rubik. La cuadratura del círculo. El bayú de Lola. Lo

nonplusultra. El despelote. María Caracoles. El hombre del saco. Un sudoku. Una

envolvencia. Recoño. Le roncan los cojones, mi socio. ¡Ah! Pues yo me quedé con

la boca a todo tren y respirando gordo. Entonces, ¿qué carajo hacer para verse

uno en blanco y negro? Y para ponerle las tapas a los potes que tiran en La Latina

a las 5 de la tarde (hora fatal según García Lorca)  entérate del caso: hay concursos

en los que el organizador, que responde a la empresa o a la organización que lo

convoca y demás, se pone de acuerdo con el conocido Mascual, autor de culto

entre la gente del bronce, y le suelta así de zopetón: oye, Manolón, ¿qué te parece

si te presentas al certamen de novela que ya está en publicidad con una de esas

obritas tuyas que tienes engavetadas desde el tiempo de las trompetas? Te damos

el premio y compartimos después las ganancias. ¡Ah, Catana! Seguro que te ríes

enterándote. Pues sí señor. Lo demás es apagar la luz y a dormir pensando en lo

bueno que sería estar tumbado a pleno sol en la costa del ídem con una azafata en

bikini, un cubalibre en la mesita con parasol, unas gafas oscuras que permitan mirar

lo mirable sin ser descubierto en el rascabucheo, y a vivir, que son dos telediarios. Y

por si todo lo que te he contado fuera poco, ¿qué me dices de esos jurados que se

premian unos a otros?, pues en cada concurso siguiente siempre ponen al ganador

del concurso anterior y ya tú sabes cómo son las relaciones humanas y todo eso. Sí.

Amiguetes se hacen lo mismo en un karaoke que en un velatorio que en una lista de

entrega de premios literarios, no te dejes engañar. Y las críticas adulonas, eso es otra

cosita. ¿Dónde metemos el enjambre de dimes y diretes del mundillo literario este?

Que uno publica maravillas de otro para que cuando le toque a él sacar su libro ese

otro publique maravillas de él, con menos pudor que la muy puta de Marilyn Monroe

en sus mejores fotos. Y los lanzamientos donde sólo se ven caras conocidas amigas o

pros que están pensando en la hora en que repartan el brindis o el refrigerio para así

ahorrarse la merienda de la tarde, que por algo estamos en crisis y demás. Y óyeme,

los recitales, ¡ah!, los recitales. ¿Sabes que al principio me invitaban? A asistir, por

supuesto, como  público, a llenar un espacio, a poner mis nalgas en una silla y

atender, embobado con la maestría del elegido que nos deleitaba con su pluma

delicada y certera capaz de dejar en una posición inferior al mismísimo Lord Byron.

Pues dejé de ir porque sentía envidia de los que estaban en la mesa presidencial,

presentando a los leyentes o leyendo ellos mismos sus obras publicadas. Ah, ¿para

qué acordarme de eso? Total, no me perdí nada mejor que irme al bar de Juanillo

a tomarme un carajillo, con rima y todo lo demás.  Si oyes a esos presentadores te

embuten con el mismo sonsonete: amigos, quien hoy nos visita es uno de los más

destacados poetas líricos de la actualidad, y al cabo resulta que hay más de cien

más destacados poetas líricos de la actualidad, porque antes de ése ya ha dicho lo

mismo de otros noventa y pico que han pasado antes por allí. Como para salir a

paso doble, ¿eh? Como sentenció García Márquez al final de su ejemplar novela:

"ahí les dejo esta mierda", y voló. ¿La literatura? Hombre, si no tienes otra cosa en

que perder tu tiempo, mejor te pones a leer uno de esos libros de autoayuda que

nos enseñan cómo sobrevivir cualquier crisis sin dejar de comer caliente tres veces

al día, como ese best seller del italiano Pino Aprile: Elogio del imbécil (el imparable

ascenso de la estupidez), que te recomiendo que vayas a una biblioteca y lo leas,

y no te atrevas a gastarte otra vez 20 euros en otra mierda de libro como éste que

estás a punto de tirar al cesto. Búscatelo de alguna manera y léelo, ya que al fin se

ha publicado en la España del siglo XIX en pleno siglo XXI, porque aquí todavía

estamos un poquito, un poquito nada más, con los convencionalismos de aquella

sociedad, pero en fin, que esto no viene al caso. Pues eso, chato, que la vida es

corta y el sufrimiento es largo. Pero ten presente una cosa: yo escribo, no se lo digas

a nadie, para ver si puedo vivir del cuento sin disparar un chícharo, por eso procuro

enviar mis libros a ciertas editoriales (que no todas son corruptas, vamos, ni todos

los jurados sinvergüenzas). Para eso. Y te doy las gracias por haber llegado hasta

aquí, que tienes un aguante digno de mejores menesteres, hijo. Tantas cosas que

para ti son nuevas que vas conociendo, ya ves, que ni Perico Saltamontes podría

asombrarse, pero te dejo, bróder, que tengo que ponerme a escribir el último

capítulo de la novela que estoy terminando y con la que pienso forrarme para

vivir de panza al menos por un par de añitos, que para eso hay idiotas suficientes

que comprarán el libro cuando se publique. Así que sigue, que ya falta poco para

llegar al The End. No me negarás que de algo te he servido. Quién sabe si estas

cosas que has aprendido te ayudan a mejorar tu estado de vitalidad tan esmirriado

y vacío como hasta ahora has padecido. Así que... te saludo, pagarete, y no te

olvides del título de mi próximo éxito: Cómo buscarse el pan diario sin sudar ni

siquiera en agosto, para que estés al tanto y seas de los primeros en adquirir un

ejemplar. Y si vas al lanzamiento te lo dedico con sumo placer. Créeme, no te vas

a arrepentir. Y que pases un buen día, consorte.

Augusto Lázaro


www.facebook.com/augusto.delatorrecasas

















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