sábado, 3 de junio de 2017

PLAZA VACANTE


--La Secretaria está reunida.

Fue como si le dieran una bofetada: las mismas palabras que siempre repetían, la

justificación omnipotente, la mágica excusa. Con qué facilidad se quitaban de

encima a un ser humano, independientemente del problema que fuera a tratar. Y

eso en todas partes y a todos los niveles. Tenía los minutos contados, pero decidió

que su problema no podía prolongarse más. Tenía que esperar. "Esperar se ha

convertido en la acción cotidiana más normal: esperar para ver a un funcionario,

esperar un ómnibus en una parada, esperar para comprar las viandas racionadas

en el mercadito, esperar en la cola del cine". Y el que espera desespera, pensó en

ese momento en el que le soltaron a manera de saludo: la Secretaria está reunida.

La muchacha le sonrió y le dijo siéntese, compañera, indicándole una butaca

pullman color rojo, una butaca como para permanecer en ella un largo rato,

cómoda, esperando. Pensó también que debía haber comprado una revista en

el estanquillo. No tenía nada con qué entretenerse y la espera podía ser larga.

La muchacha concentraba su atención en unos fails que tenía sobre el buró y

apenas notaba su presencia. "Para ella sólo soy alguien que viene a pedir algo

o a plantear algún problema, porque es verdad que nadie viene a agradecer o

a felicitar. El hombre se siente más tocado por sus penas que por sus alegrías".

Pero ella tenía que ocuparse de sus propias penas: no podía aliviar ni mucho

menos evitar las penas de la humanidad. Por eso había acudido y por eso había

decidido esperar una vez más, a pesar de la cita concedida después de mucha

insistencia telefónica. Una voz desde dentro llamó a la muchacha. A los pocos

minutos ésta regresó.

--Compañera, ya puede pasar.

"¿Dónde se meterían los demás?", se preguntó al entrar en el despacho y no ver a

ninguno de los presuntos reunidos. El despacho estaba limpio y ordenado aunque

con los mismos aditamentos de todos los despachos que ella conocía: fotos de

dirigentes, cortinas tupidas, aire acondicionado, una mesita con un VEF 206 y por

supuesto papeles, fails y los consabidos teléfonos. "¿Por qué la gente hablará tanto

por teléfono?". Miró hacia los aparaticos, uno rojo y otro negro. "Una conversación

impersonal, como si uno estuviera hablando con una grabadora", meditó.

--Siéntese, compañera.

Las mismas palabras de la recepcionista. Se preguntó por qué la gente se habría

vuelto tan monótona. Se sentó en otra butaca también pullman y también color

rojo. Observó en silencio. Esperó. La Secretaria dejó sus documentos y le clavó los

ojos como si la descubriera en ese momento. Entonces ella le explicó que era la

compañera que optaba por una plaza de profesora de literatura, que había leído

la convocatoria en el periódico, se había presentado, y su clase comprobatoria

resultó bien acogida por los miembros del Departamento que la presenciaron, y

que después habían pasado días y semanas y no le habían informado nada.

--Y eso me preocupa, pues el curso está a punto de comenzar y...

Se quedó callada. Recordó las veces que había ido a la Facultad a averiguar,

donde sólo le habían dicho que esperara, que ese trámite siempre se demoraba,

que allí todo siempre se demoraba. Ese silencio había generado en ella una

ansiedad que se fue convirtiendo en angustia en los últimos días, hasta que pidió

la cita y hoy por fin llegó hasta aquí, al más alto nivel, a la mata, como le había

sugerido Mario comentando su preocupación. Pero eso no lo dijo. "¿Qué puede

importarle a ella mi ansiedad, mi angustia?". ¿Qué podía importarle? Ella, la

Secretaria del Partido, tenía muchas otras cosas en que ocupar su tiempo.

--Conozco su caso, compañera -la Secretaria sonrió y se acomodó en su silla

giratoria-. No hay ningún problema. Lo que sucede es que revisando su expediente

notamos algo que nos llamó la atención.

--¿Algo?

Siempre había algo, como siempre había un pero, pero en esta ocasión ella estaba

segura de que no le faltaba ningún dato, ningún documento, ni un solo detalle. "No

me explico. Si ha habido algo, sea lo que sea, ¿por qué no me lo han notificado?

¿Por qué me hacen esperar y esperar y me tienen así, preocupada, sin saber a qué

atenerme?". ¡Algo! Había algo, pero ¿qué podía ser? Recorrió uno por uno todos los

detalles, los documentos, los papeles solicitados. No encontró nada que pudiera

faltar, que pudiera estar mal. ¿Qué había hecho entonces que se le pudiera

señalar? Ella no aspiraba a presidenta de la república, no: era una simple plaza de

profesora de literatura en la Universidad. ¿Por qué tanto misterio?

--Sí, compañera. Mire -la Secretaria buscó en una gaveta del buró, extrajo un fail y

sacó un memorando que leyó para sí, moviendo la cabeza-: esto, precisamente

Cuadros nos remitió su expediente, aqui está todo -y le mostró el memorando muy

rápidamente para que ella lo viera sin poder leerlo-: lo que nos llamó la atención

fue que no encontramos en ningún lugar su integración a la defensa de la patria.

Eso nos extrañó, y más en una persona joven como usted.

"¿Así que era eso?". Pensó en las múltiples gestiones que tuvo que hacer para al

fin trasladarse a la cabecera de la provincia con su hija cuando decidió casarse

con Mario, cómo tuvo que batallar por su baja en Cultura, donde trabajaba allá

en el municipio donde antes vivía. Pensó en los viajes, en las visitas a funcionarios

de distintas dependencias, en los papeles. "Un país de papel", le había dicho Mario

la primera vez que se acostó con él, pasando del epílogo erótico a la actual

situación del país, tema muy difícil de eludir incluso en momentos de placer como

aquellos que pasaba con él en su casa, antes de casarse. Pensó en el tiempo que

le había dedicado a las explicaciones, los informes, las solicitudes, los trámites para

poder trasladarse con todas sus cosas en regla a esta ciudad donde había decidido

establecerse. No era fácil: se necesitaba de dos virtudes que a ella no le sobraban:

paciencia y aguante. Y sobre todo se necesitaba de sangre de cangrejo para

poder soportar a ciertos funcionarios que malamente sabían dar respuestas

programadas a las preguntas de cualquier ciudadano. Pero pensó especialmente

en su preparación para la clase comprobatoria desde que ella y Mario habían

convenido en que se presentara por la oferta del periódico local. "Pero nada de

eso importa. Lo que importa realmente es mi integración a la defensa". Algo que se

decía tanto y tan solemnemente que perdía su fuerza en el abuso. Como tantas y

tantas consignas que se repetían hasta el aburrimiento. "¿Cómo pude olvidarme,

precisamente ahora cuando la provincia está con esa efervescencia de declararse

lista para la defensa?". Había fallado. Y eso la molestaba más.

--Por eso fue que el Partido decidió congelar su proceso, hasta que esto se aclarara.

¿Comprende?

Pero ella no podía comprender. A ella nadie le había informado de que su proceso

estuviera congelado, ni siquiera podía imaginarse semejante situación. "¡Qué

palabrita! Está de moda. Pero también pasará, como tantas que han quedado en la

historia sin ninguna trascendencia". Se acordó de sus tiempos de estudiante... ella se

había incorporado a las milicias desde que comenzó sus estudios superiores. Cómo

olvidarse de las caminatas, de las prácticas de tiro, de los fusiles que tuvo que armar

y desarmar y limpiar tantas veces, de las clases teóricas sobre la guerra moderna,

de los simulacros de combate con supuestos enemigos. Y se acordó muy bien de las

horas vividas entre viejas y nuevas amigas, entre compañeros de verdad con los

que había compartido sacrificios, chistes verdes y latas de conservas. No, aquellos

tiempos ella no podía olvidarlos. Quizás fueron los tiempos que más la marcaron,

que más gratos recuerdos le dejaron para siempre en la memoria. Y todo eso ella lo

había hecho por conciencia, voluntariamente, sin que nadie la embullara, la

presionara, la obligara. Eso era precisamente lo que tenía de hermoso tanto y tanto

sacrificio, sudor y vigilia. Y ahora esto otro que no podía comprender. Ella se había

alejado de las milicias, pero ella misma no sabía por qué. Quería creer que el tiempo

apenas le alcanzaba para tanto corre corre, para buscar un trabajo que la

acomodara a su nueva residencia en la ciudad, para atender a su hija, a su mamá

que padecía una enfermedad molesta desde hacía muchos años. Quizás por

eso no se había preocupado por tener un carné que indicara que ella pertenecía a

una unidad determinada. "Es curioso cómo los carnés se han convertido en una

tabla rasa de categoría en las definiciones: si los tienes no hay problemas, hagas lo

que hagas, si no los tienes enseguida empiezan las dudas, las sospechas, las

esperas..."

--No obstante -la voz de la Secretaria cortó tajantemente sus pesquisas-, teniendo en

cuenta sus buenas referencias, su expediente, todo eso, yo creo que su problema se

puede resolver fácilmente -la Secretaria escribió algo en un papel y se lo entregó.

sonriéndole-. Mire -agregó, poniéndose de pie-: vaya allí a Cuadros con este papel

y entrégueselo a la compañera Kelly, de mi parte. Ella le va a dar una planilla que

usted debe llevar al área de atención de su zona con su carné y su inscripción en la

unidad militar donde usted se incorpore. Allí la firman, le ponen un cuño y entonces

me la trae a mí directamente. ¿Comprende?

Marnia se puso de pie, tomó el papelito y lo guardó en su bolso.

--Comprendo -dijo.

Le dio las gracias a la Secretaria del Partido y salió del despacho, sonriéndole a la

recepcionista. Su cuerpo chocó con el calor de fuera. El cielo se había nublado

totalmente...



Augusto Lázaro

@lazarocasas38

(fragmento independiente de la novela EL AULA SUCIA publicada en El Cuiclo)

domingo, 7 de mayo de 2017

UNA MINIMA PIEZA

Entraron en el lobby: un espacio limpio decorado con gusto cuyos muebles

despertaron la admiración del joven por lo cómodos que se veían o quizás por el

cansancio que sentía tras el largo recorrido, y donde la muchacha exclamó ¡brrr!,

cruzando sus brazos sobre el pecho, por el impacto que le produjo el aire

acondicionado que estremeció su cuerpo. El colocó la mochila en el suelo, mirando

al portero, como disculpándose. Ya habían discutido lo que debían decir y después

del primer golpe de vista a aquel acogedor salón se dirigieron hacia la carpeta.

"Buenas tardes". La carpetera se volvió y les regaló una sonrisa en todo su esplendor.

"Buenas tardes", respondió. Sus dientes eran tan blancos y parejos que parecían

postizos. O quizás lo fueran. Después de preguntarles "¿qué desean?" miró de

soslayo a su compañera de turno, haciéndole una mueca que los jóvenes no

vieron. "Por favor, queremos saber si en este hotel se pueden hospedar cubanos".

La carpetera puso cara de asombro, miró a su compañera y después los miró, y otra

vez sus labios se ensancharon. Ahora la amabilidad se le notaba a cien metros de

distancia. "Pero compañeros -hizo un gesto de consternación y a la vez de sorpresa-,

¿cómo no van a poder hospedarse cubanos aquí? ¡Por supuesto que sí!". Entonces

el muchacho lanzó su segunda pregunta una vez más: "Y... dígame, por favor,

¿tienen ustedes alguna habitación disponible?". La carpetera hizo otro gesto, como

de condolencia ante un doliente, y les dijo en voz muy baja, acercando su cabeza

por encima del mostrador: "¡Ay, compañero, cuánto lo sentimos, pero en este

momento no tenemos ninguna habitación disponible!"...



Un mes antes habían decidido pasar unos días en la capital, que ella no conocía, y

se dirigieron a la oficina central de turismo en Santiago de Cuba. "Sí, compañeros,

desde aquí se puede reservar para La Habana, con cuarenta y cinco días de

anticipación, pero sólo para los hoteles NEW YORK e ISLA DE CUBA". Aunque el joven

había estado en la capital en varias ocasiones, esos nombres no le dijeron nada.

Pero no le fue difícil encontrar a alguien que conociera esos hoteles, pues quien

deseara hospedarse en aquella ciudad por los trámites oficiales para la población

a través de Turismo, solamente tenía esas opciones. "Pero... y tantos buenos hoteles

que hay en La Habana -le preguntó a su tío que viajaba con frecuencia- ¿por qué

no se puede reservar para ellos?". Porque su tío le había dicho que no se le ocurriera

llevar a su novia a ninguno de esos tugurios, como los llamó, donde -según una

experiencia recordada con mucha amargura- las ratas se paseaban por los pasillos

como si fueran las propietarias del inmueble. "¿New York? ¿Isla de Cuba? Ni te

atrevas, jovencito, esas pocilgas las tiene Turismo para los infelices que no tienen

dólares. Olvídate de ellos". El muchacho compró un mapa turístico de La Habana

y se sentó con su novia en un parque a planear dónde les gustaría hospedarse. "Si

nada más son unos días -le dijo, sonriéndole y acariciándole el áspero cabello-, no

veo por qué tiene que ser tan difícil. ¿Por qué no nos lanzamos y allá en la misma

capital hacemos la gestión, directamente en los hoteles?".



Caminaron despacio, tomados de las manos, rumbo al malecón: el mar salpicaba

los bancos formados por el muro, pero sus olas no impedían que numerosas parejas

se sentaran a descansar o a dejar que el tiempo les corriera por el ocio de sus

cuerpos mientras la ciudad se desplazaba hacia el sur, como escapando a un

destino de agua y salitre que en los últimos años había dejado su huella en las

descascaradas paredes de los edificios que se alzaban frente al inmenso azul. Se

detuvieron ante el muro: estaban sudados, cansados y sucios, pero oyendo el golpe

de las olas en los arrecifes se miraron y sonrieron, besándose súbitamente: sí, eso

tenían a su favor: eran jóvenes y estaban enamorados. ¿Qué más necesitaban?

"Mira, sólo nos queda aquél". Señaló la fachada del hotel Deauville que contrastaba

en su azul con el mar que casi lo tocaba al llegar al malecón. Se sentaron en el

muro. Ella comenzó a hojear una revista española que llevaba en sus manos y se

detuvo mirando una foto de un par de extranjeros algo gordos y rechonchos que

reposaban en una tumbona junto a la piscina de algún hotel de lujo. "¿Leíste esto?",

le preguntó, colocándole la revista sobre las piernas y poniendo su índice sobre el

pie de foto: El turista protegido. Su novio dijo "sí" y volvió la cabeza, pero ella leyó

con atención:



              Gozando de los privilegios que las autoridades le confieren, el turista

               puede en Cuba comprar en tiendas especiales todo tipo de artículos,

               equipos y alimentos sin ninguna restricción, obviar las colas, no sufrir

               los apagones, conducir a gran velocidad y disfrutar de los más

               paradisíacos lugares de la isla, con sólo mostrar su carta de

               presentación ante el buró de Cubatur más cercano: el dólar.



"¿Y ahora qué hacemos?" -la joven cerró la revista y la guardó en la mochila. Si no

podían resolver una habitación les esperaba una noche incierta y larga, pues no

conocían a nadie de confianza a donde ir a carenar. "Bueno... -él señaló un zaguán

oscuro en los bajos de un edificio del frente- en último caso... -y miró a su novia con

cautela mientras se rascaba la cabeza- en último caso allí creo que hay una

posada... una noche se pasa como quiera, ¿verdad?". La muchacha hizo una

mueca y se puso muy seria: la idea de pasar una noche en "semejante sitio" le

parecía tan absurda que no pudo imaginarse que fuera una broma. "No es

gracioso", le dijo, virándole la cara. El muchacho sacó una agenda vieja donde

había anotado cuidadosamente los lugares visitados durante todo el día, obviando

cualquier nueva alusión a la posada. Ella lo miró, resignada a pasar una noche en la

terminal de ómnibus, pues a esa hora y sin haber resuelto nada, ya no tendrían otra

cosa que hacer que regresar a su ciudad, frustrados, olvidándose de su ilusión de

pasar unos días en La Habana en una especie de microvacaciones añoradas. Y por

supuesto, apuntarse en la lista de espera, en la terminal, significaba eso: una noche

cuando menos en vela, tirados en el piso, rodeados de gente dormitando,

conversando, fumando, de llanto de niños, de calor... pero qué remedio: tampoco

se le ocurría nada. "A ver la lista -le dijo, tomando la agenda y repasando uno por

uno los hoteles-. En éste -señaló el primero que habían visitado temprano en la

mañana- nos preguntaron si éramos extranjeros, ¿te acuerdas? -y no pudo evitar

una sonora carcajada que enseguida desapareció de su boca para convertirse en

mueca. Había sido en el hotel Victoria: cuando llegaron a la capital tomaron un

taxi, dirigiéndose al Vedado para comenzar por los lugares que él le había dicho

que eran los mejores para una grata estancia en la ciudad-. "Sí -dijo el joven

también resignado, y también molesto-, nunca me voy a olvidar de todo este

peregrinaje..."



Había sido su debut más de diez horas antes: el mismo espacio, el mismo decorado,

los mismos muebles, y sobre todo la misma sonrisa esplendorosa de la carpetera que

después recibirían en los demás hoteles, y que al verlos entrar dubitativos y nerviosos

al lobby comentó muy bajito con su compañera de turno: "¿De qué país serán estos

negritos?, porque no parece que tengan muchos dólares". Y siguieron ocho hoteles

más, por el orden que él había escrito en su agenda, según el mapa que compró en

Santiago: primero los mejores del Vedado, más tarde, alejándose de la zona menos

sucia de la capital, los más aceptables del centro, hasta llegar muy cerca de la

ciudad vieja, recibiendo en todos la amable negativa que los condujo al malecón,

a este muro donde ahora estaban descansando y meditando qué podían hacer, y

observando de soslayo el edificio del último hotel que les quedaba por visitar. La

lista era un tesoro de respuestas anotadas con rigor por quien fuera, allá lejos, al

oriente de la isla, un alumno eminente de las ciencias exactas: "No, compañeros,

este hotel es solamente para turistas extranjeros" (hotel Presidente)... "No, lo siento

mucho, pero no hay habitaciones disponibles" (hotel Capri)... "Aquí no tenemos

ninguna, pero miren: lléguense al Colina, dos cuadras más arriba, a lo mejor allí

encuentran alguna habitación" (hotel Habana Libre)... "Qué va, el hotel está lleno...

¿ustedes son turistas?" (hotel Colina)... "No, no hay ninguna disponible ahora, pero

vengan mañana a ver... vengan mañana por la mañana a ver si hay alguna lista

o alguna cancelación" (hotel Vedado)... "¿Una habitación disponible? Figúrense

que Cubatur nos mandó unos cuarenta uruguayos que llegaron en una delegación

ahí que... figúrense cómo está esto" (hotel Saint John)... "No, no tenemos. ustedes

son... ¿de qué país, por favor?" (hotel Inglaterra)... "¡Ay, compañero, cuánto lo

sentimos!, pero en este momento no hay ninguna habitación libre" (hotel Lincoln)...

y sólo les faltaba ese que ella estaba mirando, todavía con alguna muy remota

esperanza, pero sin decírselo a su novio, que parecía ensimismado, con la mirada

perdida en un punto indescifrable de la distancia azul... Entonces la muchacha

recordó, con una media sonrisa de ironía, aquella vez que se había destacado en

su aula de noveno grado, allá en Santiago, analizando el poema Tengo de Nicolás

Guillén, como parte del estudio de Literatura Cubana, en la que siempre había

obtenido notas de sobresaliente:



Tengo, vamos a ver,

que siendo un negro

nadie me puede detener

a la puerta de un dancing o de un bar

o bien en la carpeta de un hotel

y gritarme que no hay pieza,

una mínima pieza y no una pieza colosal,

una pequeña pieza donde yo pueda descansar...



"¡Oye!" -la voz del muchacho la sacó de su éxtasis. "¡Ay, Joaquín! Si tú supieras en lo

que estaba pensando"... Pero no se lo dijo. Estaba pensando en que le hubiera

gustado ver al poeta nacional recorriendo con ellos las calles de la Habana, en su

peregrinar infructuoso por esa maravilla de colores, limpieza, climatización, perfume

y bombillos fluorescentes, uniformes impecables, etc., en el que habían intentado

ejecutar sus versos sin ningún resultado positivo. "Sí, Joaquín, estaba en el limbo", fue

lo que le dijo, evitando desconsolarlo aún más. "Si esto sigue así -le dijo él,

guardando su agenda y dándose palmadas en las rodillas-, dentro de poco vamos

a poder hacer lo que hacen esos millonarios jactanciosos de las películas

americanas". "¿Qué cosa?" "Encender un cigarro con un billete... claro que con un

billete de diez pesos cubanos, o de cincuenta, porque en definitivas, ya casi no nos

sirven para nada", y entre ambos jóvenes se produjo un silencio de recordación y de

añoranza: ellos sólo conocían la realidad de los años que habían vivido en esta

geografía, y estaban acostumbrados a la impronta de la Revolución, pero

últimamente el panorama que desfilaba ante sus ojos era muy distinto a lo que

sus maestros les habían recalcado: ahora ellos se maravillaban con sus ojos de

asombro: playas de arena limpísima, ron de alta calidad Havana Club, Banco

Internacional de Comercio, Varadero, hoteles cinco estrellas, Suchel, Iberostar en el

Caribe, Eau de Parfum Alicia Alonso, Rent-a-car, Cosmo-service, Viajes Divermez,

Guitart, La Bamba discoteca, Meliá, Cayo Coco, Asis Tours, Summer in Havana, Photo

Service, Cubacel, Esicuba, Tauro carnes, Copiadores y equipos de fax, Servi Cupet,

Habaguanex S. A., tiendas duty free, Espacio para todo y para todos, La Bodeguita

del Medio, El Floridita, Havanatour, Stadt Bag's S. A., Confort sobre ruedas, Easy

shopping, Tecun, Rumbos, Cubamar, Marina Hemingway, Etecsa, Transgaviota,

Imagen tours, Cubanacán S. A., Clínica dental "Cira García", Servimed, Havanautos,

Cohíba, Tropicana, La Maison, Ventas a bordo, Habano for men, Cubalse,

Perfumería Mariposa, Colonia Nao, Jugos de frutas Tropical Island... y todo un

universo encantado que sumía a los jóvenes de la isla en una especie de sopor ante

el inacabable desfile de nombres, títulos, letreros, anuncios, fachadas, equipos,

dibujos, pinturas, vallas, carteles comerciales, en fin, que los dejaban como

hipnotizados sin saber a ciencia cierta qué estaba pasando para que se vieran

envueltos en ese mundo fastuoso de colores, luz y brillo que crecía en Cuba y que

ellos sólo podían observar pasivamente desde la distancia, sin traspasar los límites

marcados por esos billetes que los millonarios jactansiosos usaban para encender sus

puros en las películas americanas que diariamente pasaban por los dos canales de

la televisión nacional...



"La peor gestión es la que no se hace", dijo el joven. "Tienes razón", dijo la muchacha,

y se pusieron de pie, se arreglaron sus ropas, se pasaron las manos por la cabeza y a

falta de espejo, con los dedos trataron de quitar cualquier gramo de suciedad que

pudieran tener en sus rostros. El se colgó al hombro la mochila y ella le cruzó el brazo

por la cintura. Entonces se dirigieron a su última esperanza.



Entraron en el lobby: un espacio limpio, decorado con gusto, cuyos muebles

despertaron la admiración del joven por lo cómodos que se veían o quizás por el

cansancio que sentía tras el largo recorrido, y donde la muchacha exclamó ¡brrr!

cruzando sus brazos sobre el pecho, por el impacto que le produjo el aire

acondicionado que estremeció su cuerpo. El colocó la mochila en el suelo, mirando

al portero como disculpándose. Ya habían discutido lo que debían decir, y después

del primer golpe de vista a aquel acogedor salón, se dirigieron hacia la carpeta...



Augusto Lázaro

Santiago de Cuba, en los años interminables del período especial...

http://laenvolvencia.blogspot.com








domingo, 9 de abril de 2017

LA CELULA FUNDAMENTAL

Se lo voy a contar todo, profesora, porque confío en usted. Verá. Mi esposo... es

decir, el que hasta hace apenas unos días era mi esposo y yo formábamos lo que se

llama una pareja compensada, por no decir feliz, porque la felicidad total no

existe, por supuesto. Una pareja de esas que se cuentan todos sus problemas y

tratan de ayudarse mutuamente. En fin. Fuimos novios durante tres años. Relaciones

con sus altas y sus bajas, pero siempre logramos superar incomprensiones,

discrepancias, todo eso, y salimos a flote frente a las muchas circunstancias

adversas que se le presentan a cualquier pareja. Es que nos queríamos, profesora,

nos queríamos de verdad, y el amor siempre se impone. Bueno, eso pensaba yo,

ahora yo pienso que no siempre se impone el amor. Pues bien. Nos veíamos a

diario en los momentos que teníamos fuera de clases, y nunca nos aburríamos de

vernos. Por eso decidimos casarnos unos meses antes de terminar los estudios, y

creo que ese fue nuestro error. ¡Ah! Pues sí. Todo marchaba bien, hasta que nos

llamaron para comunicarnos nuestra ubicación...



--¿Así que a pesar de todo eso que le he dicho yo me tengo que ir para Las Tunas y

mi esposa para Pinar del Río?

Fue un golpe seco. No supo qué decir de momento. El hombre comenzó a mover

los papeles que tenía sobre su buró, sin prestarle atención, como si la entrevista

hubiera terminado con esas palabras tajantes que le había espetado al joven. Pero

éste insistió:

--Mire, compañero, nosotros estamos recién casados y...

El hombre levantó la cabeza y lo miró de refilón.

--¡Ah, sí! Comprendo. Pero yo no tengo nada que ver con eso. Yo le informo lo que

está escrito aquí en el plan de ubicación.

El muchacho sabía eso. Tomó los papeles que el hombre había colocado frente a él

y salió del despacho. El y su esposa no eran de esos que firman compromisos y

después los lanzan al latón del olvido. Pero habían planteado que, de ser posible,

los ubicaran juntos. Y habían llenado una boleta donde exponían su situación. Y

ahora se les presentaba la posibilidad de irse juntos, con un traslado que él había

gestionado. El muchacho caminó un largo rato sin dirigirse a ningún lugar

determinado. ¿Cómo decirle a ella que su último intento había fracasado?



Pero eso no fue lo que más nos molestó. Verá usted. Resulta que junto con mi esposo

que por cierto, tenía que ir a trabajar a un municipio de Las Tunas, no a la cabecera

de la provincia, ubicaron a un muchacho graduado de la misma carrera y... ¿sabe

de dónde era el muchacho? Pues nada menos que de Pinar del Río, profesora. De

la misma ciudad a donde me enviaban a mí. Ya no se trataba de un simple traslado

como mi esposo había planteado, sino de un cambio para el mismo lugar y para el

mismo trabajo. O sea, que yo tenía que irme para Pinar del Río y el muchacho de

Pinar del Río tenía que irse para Las Tunas, junto con mi esposo. ¿Se da cuenta? Pues

bien. Enseguida hablamos con el pinareño y le planteamos el cambio. Por supuesto

que él estuvo de acuerdo, y a partir de ese momento comenzó nuestra agonía:

hicimos múltiples gestiones, llenamos docenas de boletas y planillas, explicando

nuestra situación y la posible solución con el traslado del compañero de Pinar del

Río para su provincia y todo lo demás. Pedimos, rogamos, suplicamos que por favor

nos ubicaran juntos, ya que se podía hacer sin afectar en lo más mínimo el plan de

trabajo pos-graduación de la Universidad. Incluso planteamos que estábamos

dispuestos a ir al lugar más intrincado, más inhóspito, más difícil que hubiera... sólo

queríamos estar juntos, trabajar juntos, vivir juntos...



--Mira, Margarita, lo primero que tenemos que hacer es irnos cada uno para su

provincia y ya. Después veremos.

--¿Irnos así como así? ¡Qué fácil tú lo dices! Parece que a ti no te importa pasarnos

dos años separados.

--¡A mí sí me importa! Pero...

--Pero nada. Si aceptamos eso, nos quedamos así todo el tiempo: tú allá en Las

Tunas y yo en Pinar. Tú lo sabes bien.

--Está bien. Pero si no nos vamos tendremos más problemas y esta gente va a tener

un arma entonces para ganarnos la partida.

--Y si nos vamos, ¿tú les vas a ganar la partida después?

--Es posible.

--¡Ay, Pedrín!

--No te pongas así. Eso es lo primero que van a decir, que tú y yo lo que queremos

es quedarnos así, cómodos, fresquitos, sin pasar trabajos, todo eso.

--No sé, chico, la verdad. Tú por un lado y yo por otro... y en los extremos de la isla.

No sé, no sé...

--Bueno, vamos a ver. Enseguida que lleguemos empezamos a plantear el problema

a todos los niveles. A dar la tángana. Y con la moral de que aceptamos irnos para

donde nos mandaron, ¿eh? Así que cálmate. Tú verás cómo todo se va a resolver.

Un traslado como éste no perjudica a nadie y beneficia a tres personas. Lo que pasa

es que esta gente lo complica todo. Parece que gozan haciéndole la vida a uno

más difícil.



Usted se ríe, profesora. ¡Ay! Porque usted no sabe la que hemos pasado. De más

está decirle que no pudimos resolver el problema. Por mucho que planteamos,

explicamos, detallamos, pero todo fue inútil. El caso es que comenzamos a trabajar,

él por allá por una zona intrincada de Las Tunas que yo nunca conocí, y yo en Pinar

del Río, en la misma ciudad. Yo estaba mejor, claro, por lo que él me contaba en las

primeras cartas, pero imagínese: separados, lejos uno del otro, metidos en albergues

que sólo tenían las mínimas condiciones para vivir. Sí, nos pagaban la distancia y

todo eso, usted sabe. Mire, yo no soy de los que creen que un graduado se debe

ubicar frente a la puerta de su casa, aunque los hay que tienen esa suerte, por no

darle otro nombre. Pero no. Yo no. Bueno, él tampoco. Eso lo demostramos con

nuestra disposición de irnos para cualquier lugar, por apartado que estuviera. Pero

óigame, ni siquiera en la misma provincia. No es fácil, y menos teniendo una

solución al alcance de la mano...



La muchacha se sentó en la butaca y esperó. El hombre revisó los papeles y movió

la cabeza. La miró. Cerró el file y se recostó en la silla, detrás del buró.

--Compañerita, de verdad que lo sentimos mucho, pero no podemos hacer nada

por aquí. ¿Ustedes elevaron esta situación a la instancia superior?

--Sí, compañero, a todas las instancias. Pero parece que a nadie le interesa

resolvernos el problema.

--No hable así, compañera.

--¿Y cómo voy a hablar? Si esa es la verdad. A nadie le importa.

La muchacha estaba nerviosa y excitada. Hacía esfuerzos por contenerse, pero

sentía la necesidad de descargar su rabia. El hombre estaba serio y la miraba con

detenimiento.

--Fíjese, compañerita: si yo tuviera ahora su edad, me alegraría de que me

mandaran a la Cochinchina, no veo que eso sea una cosa tan grave.

--Claro, usted no puede verlo. Yo también me iría para la Cochinchina, pero ¿por

qué no puedo irme con mi marido?

--Pero si nada más que son dos años...

--Sí, nada más que son dos años, pero es que nosotros estamos recién casados.

¿Usted se imagina lo que significa separarse así? Y más pudiendo resolver la

situación con ese cambio con el muchacho de Pinar del Río.

El hombre miró su reloj. Se veía molesto, tal vez aburrido. La muchacha no entendía

que la entrevista había concluido.

--Mire, joven, ya nosotros hicimos lo que estaba a nuestro alcance. Yo le sugiero que

plantee este asunto a otro nivel. Le repito: por aquí no podemos hacer nada más.

Créame que lo siento.

Se levantó, como dándole a entender con esa acción que ella debía abandonar el

despacho. La muchacha se levantó también, lo miró de arriba a abajo, apretando

los labios, se volvió, y se dirigió a la puerta de salida. Al abrirla, el hombre le dirigió

unas últimas palabras:

--Ustedes los jóvenes siempre están protestando. Nunca les parece bien ninguna

disposición oficial. Ojalá que en mi tiempo yo hubiera tenido las facilidades que

ahora les da a ustedes la Revolución.

La muchacha salió del despacho tirando la puerta con toda su fuerza.



¿Usted sabe lo que me dijo un funcionario una vez, profesora? Por favor, no se ría.

Pues me dijo: "yo creía que las burguesitas ya se habían ido todas del país". ¿Qué le

parece? ¡Ah! No me cree. ¿Que ya eso no se usa? ¡Ay, profesora! Perdóneme, pero

usted peca de ingenua... Y eso que lo nuestro ya se conocía desde antes de nuestra

graduación. En la Facultad, y yo creo que en toda la Universidad, debe haber

engavetado más de un kilogramo de papeles referidos a nuestro caso. Pero nada.

Yo llegué a preguntarme si es que habría alguien que quisiera fastidiarnos, porque...

sí, fastidiarnos, profesora. Hay de todo en la viña del Señor...



Los alumnos estaban terminando de pintar el local de la FEU. Todos chorreaban el

blanco y el azul de las latas y las brochas. Tenían las camisas y las blusas arruinadas.

--Oigame, compadre, yo no nací para pintor de brocha gorda, la verdad. Bueno,

creo que ni de brocha fina, vaya.

--Ah, déjese de eso, que usted le mete.

Margarita se acercó a su novio respirando agitada. El dejó la brocha, le hizo una

seña al muchacho que conversaba con él, se quitó el gorro hecho con periódicos

viejos, y se sentó con la muchacha en el piso del local.

--Ya no doy más.

Margarita le pasó las manos por la frente y la cara, secándole el sudor. El otro joven

los tocó por los hombros y los sacudió.

--No se me enfríen, que esto no se ha acabado. Esto hay que recogerlo y limpiarlo y

dejarlo como si aquí no se hubiera hecho nada. Y óiganme -los miró con picardía-, si

se me cansan así tan fácilmente ahora, ¿qué va a ser cuando se vayan de luna de

miel?



Perdóneme, profesora, es que me pongo nerviosa y... yo, es que no me acostumbro

a... no puedo creerlo, no sé... siempre me dan deseos de llorar. Es que todo esto es

tan absurdo que... Bueno, sigo: esto se lo cuento para que usted vea que en la

Universidad no tuvimos ningún tipo de problemas. Participábamos en todas las

tareas, nos llevábamos bien con todo el mundo, bueno, todo. Ningún problema. Ni

siquiera fuimos amonestados nunca. Ni por la FEU ni por la UJC ni por la Facultad. Y

además, siempre planteábamos que estábamos dispuestos a ir a cualquier lugar, en

todas las entrevistas que nos hacían. Dentro o fuera del país, donde fuera. Los dos

juntos, profesora. ¿Usted cree que es pedir demasiado? Porque yo conozco casos,

incluso de internacionalistas, que marchan juntos a cualquier país y allá trabajan dos

o tres años. La verdad, no me lo explico...



--Compay, ya hace un año. ¡Un año! Lucha que te lucha y mierda.

El muchacho se sentó en un tronco a la orilla del río, tomó una piedra y la lanzó al

agua, y miró el chorrito que la piedra desplazó hacia arriba en su caída.

--No nos hacen caso. Nadie, viejo. Pero mira, para que tú veas que no eres tú solo el

que se engorriona.

El Pinareño sacó un sobre arrugado del bolsillo de su camisa y se lo extendió.

--¿Una carta?

--Léela. Es de mi novia.

La carta decía más o menos que ella estaba cansada de esperar y esperar, que se

sentía muy sola, y al final le confesaba que había salido varias veces con un

compañero de Inteligencia Artificial, que sólo habían ido al cine y a comer helados,

pero que no quería que le fueran con el chisme, "porque de todo se entera una".

--¿Qué te parece? Yo lo sabía, socio, las mujeres ahora no son como mi mamá o

como la tuya, no. No están dispuestas a esperarlo a uno mucho tiempo.

--No me jodas, Pinareño.

--Bueno, a lo mejor la tuya no, compadre. Como que ustedes se matrimoniaron y

eso, a lo mejor la tuya no, la tuya puede ser que te espere. Ustedes ya son una

pareja reconocida, vaya... ¿cómo se dice? Una pareja oficial, ¿no? A lo mejor...

pero no te preocupes, socio, haz como yo, no cojas lucha con eso. Lo que pasa

conviene, ¿no?

--¿Así que la mía puede ser que me espere? -el muchacho hizo un gesto grosero,

llevándose la mano derecha a la bragueta-. ¡Esto! ¿Tú sabes cuánto tiempo hace

que Margarita no me escribe?

--Bueno, pero no le hagas cráneo a eso. Mira, oye lo que te voy a decir: si mi novia

se enreda con otro tipo allá, al carajo, mi socio. ¡Al carajo!, viejo. Eso quiere decir

que no me convenía. Y en tu caso, no sé, pero en tu caso... perdóname, pero si tu

mujer hace lo mismo, alégrate, socio, alégrate. Por una que se te vaya, ahí están

tres esperándote. Y acuérdate: un clavo siempre sacará otro clavo.



Pues el caso es que tuvimos que permanecer dos años separados. ¡Dos años!

Trabajando disgustados, esperando, confiando en un milagro que pudiera reunirnos.

Pero nada, profesora. Nadie oyó nuestros ruegos. Y oiga, no es fácil. Eso no es fácil.

Saque usted que nunca pudimos estar juntos en todo ese tiempo, a no ser durante el

mes de vacaciones que nos dieron al finalizar el primer año de trabajo social y...

bueno, ya usted sabe. Nos fuimos enfriando y... pasó lo que tenía que pasar. Yo

siempre he creído en eso que dice la canción, que la distancia es el olvido. Por lo

menos, con la vida agitada que tenemos, un amor a distancia me parece que está

condenado al fracaso...



Querida Margarita: hoy hace exactamente seis meses que no estamos juntos. No es

que mi memoria sea brillante, es que aquel último día lo anoté en una libreta que

llevo con todo lo que me ocurre que considero importante, y hoy, revisándola,

descubrí esa nota, y quise escribirte. ¿Te acuerdas? No fue aquel un encuentro

como esperábamos. Te pusiste a sermonearme en lugar de aprovechar el poco

tiempo de que disponíamos, y para colmo una escenita por Claudia, por la foto que

viste en la carpeta. Por Claudia, que lo único que ha hecho desde que estoy aquí

es llevarse bien conmigo y ayudarme a pasar este tiempo separado de ti. No estoy

muy seguro, pero me parece que tú y yo no nos queremos como antes. Me gustaría

conocer tu opinión. Yo he hecho todo lo posible por resolver nuestra situación, pero

compréndeme: no es fácil soportar esta vida así, lejos, a veces siento la necesidad

de estar con alguien, ¿comprendes?, de compartir con alguien que me comprenda

y que al menos me alivie el peso de esta soledad. Y créeme, no se trata de un

problema físico, no, eso sería lo de menos. Se trata de que necesito a alguien que

comparta conmigo los momentos libres, a veces insoportables y demasiado solos,

con alguien que me haga sentir que todavía estoy vivo, ¿comprendes? Por favor,

no sufras inútilmente. Escríbeme y dime cuál es tu opinión. Ya no me escribes como

al principio. Dime cualquier cosa. Ya no nos falta tanto para terminar este suplicio.

¿Tú crees que podríamos continuar nuestra vida como al principio de casados?

¿Qué tú piensas de eso? No dejes de escribirme y dime la verdad, y dime todo lo

que piensas. Te recuerdo siempre con mucho cariño. Pedro.



¿Se da cuenta, profesora? Viviendo en esas condiciones nuestro matrimonio estaba

condenado. Yo pensaba que podríamos resistirlo, pero me equivoqué. El comenzó

a andar con esa muchacha de allá en Las Tunas, con esa Claudia... ¡Ah! De todo se

entera una. Pero qué importa eso ya. Lo cierto es que nuestra relación se fue a

pique. Ahora estamos divorciados, ahora que vivimos otra vez en la misma ciudad.

Todo se terminó, y yo estoy segura de que nunca pudiéramos ser como antes, si

volviéramos. Pero claro, no vamos a volver. Ni Pedrín ni yo creemos en una

reconciliación. Ahora él está embullado con una alumna de Ingeniería y yo...



--¿Por qué no salimos esta noche?

--Por favor, Enrique, que tú sabes que yo soy casada.

--Sí, yo sé bien que tú eres casada, pero ¿qué tiene eso de particular? Tú necesitas

salir, distraerte, diverirte. Aquí en Pinar no conoces a nadie, no conoces nada.

Siempre metida en el albergue, y siempre triste. ¿Qué tiene de malo que salgamos

una noche a cualquier lugar?

--Mira, Enrique, no tiene nada de malo, pero yo siempre he creído en la fidelidad, en

la lealtad. A mí no me gustaría que Pedrín saliera allá con otra.

--¿Y tú estás segura de que él no sale allá con otra?

--No, claro que no estoy segura. Dije que no me gustaría, nada más.

--Estás viviendo en la prehistoria.

--Estaré viviendo en la prehistoria, pero me siento bien así. Además, también siempre

he pensado que cuando un hombre y una mujer andan juntos mucho tiempo,

terminan acostándose.

--Está bien, está muy bien. No vamos a seguir discutiendo esos conceptos. Pero

piénsalo, ¿eh? ¡Piénsalo bien! Necesitas dar un cambio a tu vida. Te estás

anquilosando. Y eso se refleja en tu trabajo. ¿No has oído los comentarios?

--Sí, los he oído.

--Pues entonces reacciona. Y óyeme, voy a insistir, ¿oíste? Voy a insistir. Quiero salir

contigo. Y eso no es ningún crimen.



Al principio me negué, profesora, pero el muchacho insistió tanto, y con tanta

vehemencia, y yo me sentía tan sola, tan desesperanzada, tan cansada de luchar

inútilmente, que un día accedí a salir con él. No pasó nada, por supuesto, y la

verdad que la pasamos bien. Me distraje, me olvidé por unas horas de todos mis

problemas, de mi situación. Y en honor a la verdad, me sentí bien con él. Enrique es

un muchacho respetuoso, delicado. Pero bien. Después salimos varias veces más.

La gente comenzó a vernos como pareja, y los comentarios... ya usted sabe. Una

noche él me llevó a un club nocturno de lo más bonito, en las afueras de Pinar.

Hacía más de tres meses que no recibía carta de Pedrín, imagínese. Tomamos,

bailamos, y... cedí. Sí, ya sé que somos débiles. Los hombres también lo son y nuestra

sociedad ve esas debilidades sólo en las mujeres. Esa discriminación todavía existe.

Pedrín por allá con sus cosas y nadie dijo nada. Y yo en Pinar tuve problemas por

salir con Enrique, aunque nadie nos viera nunca en nada. ¡La igualdad! Sí. ¡Qué

bonito hablar de la igualdad! Pero en la realidad todo no es más que un teque...



--Pues sí, mi amiga, como te lo estoy contando. Ese tipo me dijo que Amalia Simoni

esperó eternamente a Agramonte y que éste le correspondió. No se puede negar

que el hombre conoce la historia. Pero es un cretino. ¡Ah!, como si todos pudiéramos

ser como nuestros grandes héroes.

Margarita baja la cabeza. La muchacha le pasa una mano por el pelo y las dos

se quedan pensativas. Están sentadas en el parque. Alrededor del banco vuelan

los gorriones que se aglutinan en un árbol viejo. La tarde está nublada. Margarita

y la muchacha se miran. De pronto se echan a reír.

--Yo la pasé mejor que tú. Al menos, mi marido estaba cerca, en otro albergue. Pero

aun así te digo que no es fácil. No. ¿Dónde vamos a encontrar un sitio para estar

juntos y solos siquiera un par de horas?

--Cerca, pero separados, sin posibilidades. No, no es fácil, tienes mucha razón. Hay

que ser un mago para encontrar un buen hotel. O tener un socio fuerte en Turismo.

No, no. Eso de que la familia es la célula fundamental de nuestra sociedad suena

muy lindo, sí. En los papeles y en los discursos. Pero en la práctica, ¡ñiringa!

Las dos muchachas se levantan y caminan un rato por el parque. Durante unos

minutos no hablan. Observan a la gente que camina como ellas o que está en los

bancos, quizás conversando sobre sus problemas. Como ellas. Comienzan a caer

goticas de agua. Se detienen. Entonces miran los pajaritos que se recogen en sus

huecos.

--Suerte que tienen, ¿verdad?

--Suerte, sí. Al menos tienen un hogar y viven juntos.

--Bueno, ya. ¡Basta ya! ¿Qué te parece si nos vamos a ver esa película que nos han

recomendado?...



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(fragmento de la novela EL AULA SUCIA)v