sábado, 13 de agosto de 2016

LA PLANILLA

viernes 4 de junio

Rosita sacó una planilla de la gaveta central de su buró y se la entregó al solicitante,

explicándole detalladamente todos los pormenores de ese documento. El joven

tomó la planilla y la leyó con cautela mientras se rascaba la cabeza. Después

procedió a llenar los espacios en blanco. Cuando terminó se la entregó a Rosita.

Entre ambos se cruzaron dos espléndidas sonrisas de verano. "Vuelva la semana que

viene, compañero", le dijo Rosita, y guardó la planilla en un fail.



sábado 5 de junio

Rosita revisó el fail donde había guardado la planilla, pero como los sábados ella

trabaja sólamente hasta las doce, se dijo: "el lunes le meto mano a todo esto", y

guardó el fail en otra gaveta del buró.



lunes 7 de junio

Rosita pasó un fin de semana de mucha agitación (los niños majaderos, la plancha

que se descompuso, la limpieza general de la casa, la playa que tenía mucho

oleaje, el arroz con pollo improvisado porque la tia Eulalia se quedó a almorzar con

su sobrino, la televisión que no podía faltar) y llegó al trabajo muy cansada, y ya se

sabe que el cansancio es el padrino del olvido. Por eso Rosita, tan cansada como

estaba la pobre, se olvidó de darle entrada a la planilla y elevarla a su jefe

inmediato.



martes 8 de junio

Las tareas que el lunes le encomendaron a Rosita (más de diez asuntos de diversa

índole) ocuparon todo el tiempo que tenía la muchacha el martes y como era de

esperar, sus ocho horas de trabajo no le alcanzaron para revisar el fail donde estaba

guardada la planilla desde el viernes último.



miécoles 9 de junio

El joven de la planilla volvió por la mañana. Después de mostrar su carné de

identidad actualizado, firmar un modelito de color en la recepción, recibir un pase

para ver a Rosita, esperar su turno disciplinadamente en la antesala y sudar su

porquito, logró llegar frente al buró donde escribía la eficiente secretaria. Al verlo

frente a ella, Rosita pensó: "esta cara yo la he visto antes" y enseguida que el joven

le expuso el motivo de su presencia en tan acogedor lugar, Rosita reaccionó y le

dijo, muy amablemente: "ah, sí, ya me acuerdo, cómo no. Mire, venga dentro de

tres días. Su asunto se está tramitando. Es que... ¿sabe lo que pasa? Que tenemos

exceso de trabajo y faltan algunos empleados, ¿comprende?" El joven se molestó

un poquito, pero ante la esplendorosa sonrisa de la secre, no tuvo más remedio que

marcharse, sonriéndose también.



jueves 10 de junio

"De hoy no pasa la cosa", se prometió Rosita cuando entró en su oficina bien

temprano. Y cumpliendo su promesa le dio entrada a la planilla y la elevó a su

jefe inmediato, compañero Laffita. "¡Qué peso me he quitado de encima!", pensó

la muchacha. Laffita revisó la planilla durante una hora y diez minutos (estaba

atendiendo a un visitante y hablando por teléfono al unísono) y después de

convencerse de que no le faltaba ningún dato se la pasó a su secretaria, quien

rápidamente le estampó un precioso cuño color malva a la planilla, anotó sus

pormenores en un libro viejo, y se la devolvió a Laffita. Laffita firmó encima del

cuño y una vez más revisó la planilla, pero como ya eran más de las cinco decidió

tramitarla al día siguiente.



viernes 11 de junio

Laffita fue citado con carácter urgente para una reunión y dejó la planilla encima

del buró. La planilla recibía ahora por lo menos el aire leve de un ventilador de tres

velocidades que le llegaba desde un rincón de la oficina de Laffita y que a éste

con la prisa de la reunión se le había quedado encendido.



sábado 12 de junio

Cerca de las once y media entró Laffita en su oficina, pues a esa hora había salido

de una asamblea de servicios (celebrada en horas laborables porque estaba

atrasada y la sección sindical temía incumplir al plan de reuniones) y como era

sábado se dedicó, en la media hora que le quedaba de trabajo, a preparar los

asuntos que quedaban pendientes para el lunes, y a todos los metió en un bonito

fail azul marino, incluyendo, por supuesto, entre ellos, a la planilla postergada, y dejó

el fail encima del buró. A las doce menos cinco Lafita encendió un Popular. "Estas

asambleas lo dejan a uno echando chispas", razonó.



lunes 14 de junio

Lo primero que hizo Laffita al entrar en su oficina a las nueve de la mañana fue

revisar el fail azul marino donde había colocado el sábado los asuntos pendientes.

Cuando sus ojos tropezaron con la planilla, sin perder un segundo, como era su

característica, Laffita la tramitó (es decir: la registró en su control propio de

solicitudes con un número de orden), la pasó a su secretaria y continuó ocupándose

de los demás asuntos. La secretaria miró la planilla con benevolencia, pero como

los lunes son días de mucho ajetreo decidió elevarla al Departamento de Control

de Documentos al día siguiente, en el piso superior. "Total, de todos modos, hoy

lunes no van a hacer nada con ella", se dijo la joven.



martes 15 de junio

Durante todo el día Laffita y su secretaria participaron en un activo de planificación

del tiempo de trabajo. Ambos regresaron a la oficina ya cayendo la tarde y a esa

hora es cosa de muchachos chiquitos entregar un documento al Departamento de

Control. "Y yo sé que para ti perder el tiempo es casi un crimen", le dijo Laffita a su

secre y la invitó a tomar café en La Isabelica.



miércoles 16 de junio

El joven de la planilla pasó por la oficina por tercera vez y después del consabido

proceso de carné, modelito, turno, pase y sudor, se paró frente a Rosita, muy serio.

"¡Compañera!", dijo el joven sin decir buenos días. Rosita lo miró, se restregó

los ojos para convencerse de que era él en realidad, y le dijo: "Su asunto ya está

casi resuelto, sólo le faltan unos detallitos. Mire, vuelva el viernes, ¿eh?". Esta vez el

joven se retiró sin sonreírse, aunque eso sí, decentemente. Ese mismo día Laffita

tuvo que asistir a un encuentro de protección e higiene y su secretaria se cogió la

tarde para darse una vuelta por las tiendas de ropa. Como en toda la tarde

ninguno de los dos se apareció por la oficina, las malas lenguas, que siempre las

hay, hicieron algunos comentarios.



jueves 17 de junio

La secretaria de Laffita se encontró por la mañana en La Casa del Té con un joven

que hacía tiempo que la estaba enamorando. Muy emocionada, la muchacha

regresó a la oficina y se puso a pensar y a suspirar a discreción y recordó, una por

una, todas las cosas lindas que el joven le había susurrado en ese feliz encuentro.

Eso le impidió, naturalmente, acordarse de la planilla durante todo el resto de su

tiempo laboral.



viernes 18 de junio

Cuando el joven de la planilla se plantó frente al buró donde debía estar Rosita

le informaron que ésta se encontraba de merienda, que por favor se sentara a

esperar. El joven se sentó, haciendo muecas y moviendo las piernas. Al cabo de

cuarenta minutos Rosita entró radiante, se acercó al buró, le sonrió discretamente

y se arregló el nuevo peinado que había estrenado esa mañana. Registró unos

papeles que tenía sobre el buró y al no encontrar en ellos nada que se pareciera

a la planilla hizo una mueca de disgusto que le quedó divinamente. "Esta niña

podría presentarse en el Cabildo Teatral", pensó un señor mayor que la estaba

obsevando por encima de sus espejuelos. El joven, al enterarse del destino tan

incierto de su querida planilla, se alteró un poquito, dijo que hasta cuándo, que

esa era la cuarta vez que venía, y tres o cuatro cosas más no muy gratas a los

tiernos oídos de Rosita, pero se marchó después sin mayores consecuencias.



sábado 19 de junio

Laffita subió personalmente la planilla (se había enterado de las protestas del

joven por referencias telefónicas de Rosita a su secre) al Departamento de Control

de Documentos y consiguió, con su perseverancia conocida, que se la tramitaran

ipso facto, para llevársela, él mismo también, a la secretaria del sub director

interno, la despampanante Nancy María. ""Así aprovecho para echarle una ojeada

de cuerpo presente y preguntarle cuándo va a salir conmigo", caviló. Después de

decirle a Laffita que en esos días no podía salir con él porque tenía exámenes en la

Facultad, la despampanante Nancy María le hizo un rápido guiño, se sonrió muy

prolongadamente, movió la cabeza de izquierda a derecha haciendo que su pelo

largo le cayera en la frente, y archivó la planilla cuidadosamente entre los docus

que tenía que entregarle a su jefe tan pronto regresara de su viaje a La Habana.



lunes 21 de junio

El sub-director interno llamó por teléfono para anunciar que mañana llegaría en el

segundo vuelo, que lo fueran a recoger al aeropuerto. A pesar de ser lunes el día

transcurrió muy tranquilo.



martes 22 de junio

Con el alboroto de la llegada de su jefe y con los cuentos que éste hacía de su

estancia en La Habana, la despampanante Nancy María se olvidó de la planilla y

de los documentos. "Mucho calor, pero la comida estuvo de primera. Mira lo que te

traje", le dijo el hombre a la muchacha, entregándole un par de areticos que eran

un primor.



miércoles 23 de junio

La planilla se pasó el día entero metida en otro fail (esta vez blanco marfil), porque

el sub-director interno estuvo cuatro horas despachando con dos auditores. Sin

embargo, mejoró, pues el aire acondicionado se podía decir que era aceptable.



jueves 24 de junio

"Estos auditores son una salación", le dijo el sub a la despampanante Nancy María,

después de despedirlos en el aeropuerto obsequiándoles, a nombre de la empresa,

con sendos bocaditos de jamón prensado y sendas cervecitas que se podían

saborear por lo frías que milagrosamente estaban. Como se sentía muy cansado, el

sub dejó la revisión de documentos para el día siguiente.



viernes 25 de junio

El sub-director interno le colocó otro cuño a la planilla, la inicialó y se la entregó a la

despampanante Nancy María para que le diera camino lo más rápido posible. La

despampanante Nancy María tomó la planilla, le imprimió el cuño de entrada de la

sub-dirección, le hizo una señal en el extremo derecho y la puso en la cajuela con

otros diez y nueve documentos que le pasaría, al día siguiente, al director general.



sábado 26 de junio

El joven de la planilla regresó a la oficina después de haber pensado que lo mejor

era no ir y cuando Rosita le dio excusas por la demora de su asunto se olvidó de la

sonrisa, de la decencia, del calor que estaba haciendo, y se destapó a rajar de

todo el mundo, comenzando por la propia muchacha, por lo que tuvieron que

ayudarlo a salir de la oficina dos empleados que trataron de calmarlo con mucha

condescendencia. "La verdad que este joven coge mucha lucha", dijo en alta voz

Rosita, y se sentó otra vez sin sonreírse.



lunes 28 de junio

Cuando el director revisó la planilla le encontró tres faltas de ortografía, una de

prosodia, varias incorrecciones de segundo orden y manchas de bolígrafo, por lo

que llamó a la despampanante Nancy María -sin mediación de su secretaria al

igual que Laffita- y le entregó la planilla para que la remitiera al Departamento de

Control de Documentos, diciéndole en alta voz que tenían que arreglarla, que

ella sabía muy bien que a él le gustaban las cosas bien hechas, etc., y en voz baja,

a ella solita, que cuándo iba a salir con él. La despampanante Nancy María le dijo

que en esos días no podía salir con él porque estaba cuidando a una tía enferma

por las noches, y le hizo un guiño, sonrió muy prolongadamente, movió la cabeza

de izquierda a derecha, haciendo que su pelo largo le cayera en la frente, y se

llevó la planilla, presurosa.



martes 29 de junio

La despampanante Nancy María llamó a Remberto, el mensajero, y le dio la planilla

rogándole que la llevara al Departamento de Control de Documentos. Se miró en

el espejito de mano -Remberto no le preguntó cuándo iba a salir con él-, arregló su

cerquillo, suspiró, y se quedó un largo rato mirando lo bien que le habían pintado las

uñas en la peluquería Vogue.



miércoles 30 de junio

Remberto el mensajero regresó con la planilla arreglada en su totalidad y se la dio a

la despampanante Nancy María, que le agradeció su gestión con una de sus

sonrisas estelares y ademas le regaló un caramelo que sacó de su cartera. Cuando

se fue Remberto, la joven colocó la planilla en un aparte, en su mesa. "No estoy

ahora para eso", pensó, y se puso a revisar un cancionero con el súper tope.



jueves 1 de julio

Mientras la planilla disfrutaba del aire acondicionado súper especial consola Hitachi

en la oficina del director general, éste se encontraba de recorrido por un municipio

de cuyo nombre no podía acordarse Leonor, su secretaria. "Ni idea de dónde estará

el hombre, porque salió de aquí como un volador de a peso", le dijo a alguien que

preguntó por teléfono dónde estaba el jefe.



viernes 2 de julio

El director general se sentó en su buró con unos atestados que había traído del

municipio visitado el día anterior y se pasó todo el día revisándolos. Su secretaria

terminó por calcular que "algo anda mal, porque éste nunca está tanto tiempo

revisando documentos".



sábado 3 de julio

Leonor recibió una llamada de la recepción y sin colgar se acercó al jefe: "Por

casualidad -le dijo muy bajito- ¿usted ya revisó la planilla que..." pero el hombre

le hizo una señal que quería decir deja eso para el lunes, así que Leonor tomó el

auricular y dijo que trataran de inventar alguna excusa, que el jefe etaba en otra

cosa, que Natilla Jiménez. Antes de colgar, Leonor alcanzó a oír un ruido fuerte

y seco, pero no le dio importancia.



lunes 5 de julio

El director general se quedó boquiabierto al mirar la planilla. "¡Pero... cómo!",

exclamó en alta voz. "Ven acá, Leo". La secretaria se acercó y su jefe continuó

hablando, sin levantar la vista. "Leo, esta planilla tiene treinta días de vencido,

mira. Hoy estamos a cinco de julio y fue llenada el cuatro de junio. Está lista,

ya no sirve. ¡Ah, cará!", y se la entregó para que la remitiera a recepción y le

informaran al solicitante que tenía que llenar una nueva planilla y comenzar

los trámites de nuevo, organizadamente, tal y como estaba establecido...

Augusto Lázaro


www.facebook.com/augusto.delatorrecasas



 










domingo, 31 de julio de 2016

LEER SU DIARIO

LEER SU DIARIO


Todo lo que yo quería era leer su diario. Por lo menos eso era todo lo que yo quería

la primera vez que se lo dije.

--No, chico, tú eres muy curioso y a mí me molesta tu curiosidad.

Eran unos apuntes que ella había escrito durante un viaje al valle de Jibacoa donde

se había celebrado un encuentro-debate nacional de talleres literarios. Yo no pude

ir. De que los había escrito me enteré mucho después, porque cuando ella regresó

no me lo dijo.

--¿Y cómo la pasaste en Jibacoa?

--Bueno, quitando el frío, la colchoneta y los mosquitos, todo lo demás de maravilla.

La había conocido en Holguín una mañana y es raro, porque este tipo de

muchachas suele conocerse por las tardes. Me pareció algo tonta y un poco

pedante en el primer golpe de vista. Conversamos un rato y su presencia fue

disipando la imagen negativa hasta llegar al punto de sentirme muy bien junto a

ella. De eso hace ya más de cinco años.

--Nos vemos poco, Narda, qué lástima.

--Nos vemos poco porque tú sabes que yo vivo en Becas, que de allí no es fácil bajar

a la ciudad, que tengo que estudiar muchísimo y...

--Sí, ya: etcétera.

--Sí, chico, etcétera, y no me llames más Narda, que ese no es mi nombre, te lo he

dicho mil veces.

Era deliciosa. Sobre todo cuando se ponía furiosa y hacía una mueca con los labios

entre puchero de bebé y toque de flauta. Entonces me recordaba a una actriz

francesa de los años cincuenta, muy fea y muy graciosa, de la que como era de

esperarse me enamoré desaforadamente y con la que soñaba recorrer infinidad de

lugares solitarios, de parques y de playas, desde la no tan inocente intimidad de mi

luneta. Una tarde (esta vez tenía que ser una tarde) me la encontré en la calle. A

Narda, no a la actriz. En la calle no, en una tienda de ropas, lugar poco propicio

para semejante encuentro.

--¿Qué haces aquí? No me digas que estás en la cola de la pintura de uñas.

--No, pero necesito un bolígrafo y están vendiendo. Supongo que sabes que se me

pierden a menudo.

--Olvídate del bolígrafo. Mañana mismo te regalo uno rojo, es el color que más te

gusta, ¿no?

--Sí, lo es. ¿Y ahora qué?

--Pues ahora nos metemos en el aire acondicionado del Rialto, hoy hay cinemateca.

¿Qué te parece?

No sé lo que le pareció. Ese era el problema que yo tenía con ella, que nunca sabía

lo que le parecían mis palabras. De todos modos nos metimos en el cine. Claro que

ese día lo único que hicimos fue ver una película de esas que lo mantienen a uno

pegado al asiento. Y después conversar, naturalmente.

--Pues insisto en que me prestes tu famoso diario.

--Ni es famoso, porque nadie lo ha leído, ni te lo voy a prestar.

--Es que me dan cosquillas en los ojos de querer leer lo que escribiste.

--Eres persistente, además de curioso.

--Y tú eres como las losetas del baño de mi casa: dura, seca y fría.

Se puso seria y me miró fijamente.

--¿De verdad tú crees que soy seca y fría?

No, de verdad no lo creía, pero se lo dije para ver si la ablandaba. Por eso le apreté

la nariz, me sonreí, y alcé la mano cuando se alejó. No se volvió una sola vez.

Todavía le decía adiós cuando su silueta se dispersó en mis ojos. Pero la noche la

traía de nuevo, intermitente, en la acumulación de luz de las bombillas que se

encendían en el parque mientras el viento que los santiagueros llaman frío me

regaba el pelo y unos gorriones que bajaban del atrio de la catedral se ponían a

escarbar las yerbitas buscando chucherías para sus pichones y de pronto me siento

en un banco con el diario en las manos para leerlo casi en alta voz con el egoísmo

natural de que al fin ya lo tengo yo solo y de que nadie puede interrumpirme ese

disfrute y leo noviembre 16, en el tren, está muy frío el aire, casi tiemblo, Rodolfo ha

sacado su guitarra y nos hemos agrupado para oírlo, la ferromoza nos pregunta

si celebramos algo, Rodolfo le canta algo a la muchacha, seguro que lo está

improvisando, ¿estarán los demás tan nerviosos como yo esperando los debates?

y paso las hojas sin apartar la vista, buscando, porque sé que ahí tiene que estar,

escrito por su mano, hasta que una gota mágica refresca mi piel y me recrea, pero

lo real maravilloso de este viaje se enmascara en una tristeza muy limpia, porque

no está él, no sé qué me pasa, pero lo extraño, ahora mismo necesito tenerlo

delante, decirle todas estas cosas que no me atrevo a decírselas a nadie más, ¿por

qué no habrá venido? y la verdad se escapa de este cuaderno que por ser

indiscreto me regala el bienestar tanto tiempo anhelado y el viento me despeina

otra vez y el ruido choca con mis tímpanos haciéndome alzar la cabeza y mirar

las bombillas y más allá los niños correteando y mucho más allá los ómnibus

cargando puñados de gente que regresa a sus hogares y quiero oler el diario

para no despegarme ya más de su olor de mujer pero en mis manos sólo tengo

una caja de fósforos y me veo de pie en el mismo lugar en que me quedé

mirándola cuando se alejaba con la misma incertidumbre y la misma alegría

postergada para quién sabe cuándo... No la vi más en toda la semana, pero

tracé mi plan. La llamé por teléfono y le pedí que bajara a la ciudad para

encontrarnos. Cuando la tuve frente a mí se me salieron unas palabritas dulzonas

que la hicieron reír. Después del beso en la mejilla y la mano en el pelo demasiado

corto para otros juegos, nos fuimos a tomar chocolate.

--¿Así que decididamente no me lo vas a enseñar?

--Decididamente no.

--Vamos a hacer una apuesta.

--¿También eres apostador? Creía que sólo te gustaba el ajedrez.

--Además de ti y del ajedrez tengo otros gustos.

--Pide el chocolate.

--Pues mira: hasta el último día del año yo intentaré lograr que me prestes el dichoso

diario. Si lo consigo, me pagas un almuerzo. Si no, te lo pago yo a ti. En el lugar que

escoja el ganador. ¿De acuerdo?

--De acuerdo, pero vas a perder.

--¿Sabes una cosa? Cuando te sonríes me parece que oigo una música suave,

lejana...

--Pide el chocllate, anda.

El plan consistía en escribir un cuento que tratara el asunto del susodicho diario,

adornándolo con artificios, invenciones, deseos, y enseñárselo para ver si con eso

se ablandaba y claro, con protestas, me dejaba ver el cuadernillo. Pero ya no era

eso sólamente lo que me interesaba. Todos los días quería verla, conversar con

ella, hacerla sonreír, mirar su cara de gorrión y llevar mi saludo más allá de sus

mejillas. Traté de hacer el cuento de manera que al leerlo no pudiera objetarme,

que su imaginación encontrara en la mía, en las palabras mecanografiadas, la

imagen que yo me formaba de ella. Me dediqué a la empresa durante quince

largos días, rompiendo cuartillas, revisando frases, pesando con cuidado cada cosa,

evitando lugares comunes cuando releía, a media noche, en la siempre cómplice

soledad de mi cuarto. Hasta que llegó el día en que decidí enseñárselo. Salí a la

calle, a buscarla. En las manos llevaba lo que podía ser mi triunfo. O tal vez mi

sueño...

--Mira: lee esto.

--¿Qué es?

--Un cuento que escribí para ti.

--¿Para mí?

No dijo nada más. Nos sentamos en un muro al fondo de una escuela vieja. Leyó

atentamente las páginas. Por momentos me miraba, a veces sonriéndose, a veces

muy seria y una vez yo diría que triste. Al terminar sólo me dijo:

--Espérame mañana a las ocho, aqui mismo. No dejes de venir.

Las ocho demoraron demasiado. Mi impaciencia se convirtió en sudor de manos

frías, tazas de café, cigarrillos y mordidas en las uñas. Pero al fin llegó la hora. Y llegó

ella. Traía un vestido largo, como de fiesta grande. Esta vez ni la toqué siquiera.

--Invítame a bailar, a algún lugar bonito.

Me lo dijo como si me dijera buenas noches.

--¿A dónde quieres ir?

--A cualquier lugar. Esta noche quiero divertirme.

Y esa noche comimos como dos muertos de hambre, conversamos de cosas

insignificantes, bailamos por primera vez mientras yo miraba su cartera y la idea del

diario se iba diluyendo lentamente. La dulce sensación de su cuerpo apretado

contra el mío pudo más y poco a poco esa idea antes central se fue inclinando a

los momentos que estábamos viviendo así, sin proponérnoslos, dejando que todo

lo demás alborotara alrededor sin importarnos otra cosa que prolongar en lo posible

aquellas horas tan fugaces de nuestra intimidad. A punto ya de separarnos, de

madrugada, en la ciudad, sacó de su cartera el olvidado diario.

--Toma, para que rasques tus cosquillas. Te debo un almuerzo.

Y nada más que un beso que rozó sus labios porque quise esta vez desviarlo, y verla

caminar a oscuras, llegar a la esquina y volverse con la mano alzada para decirme

hasta mañana como quien dice qué bien la hemos pasado o como quien quizás

espera repetir esas horas dejadas en una oscuridad muy semejante, en la que ahora

ella se perdía una vez más con rumbo a casa de una amiga donde pasar el resto de

la noche... Ya en mi cuarto releí el cuaderno, porque lo había leído en plena calle,

buscando las palabras que tenían que estar en sus páginas, que me dirían que era

verdad tanta ilusión. Pero en el diario, forrado con percalina roja, pequeño como

sus manos que apenas horas antes habían tocado mi piel, no había nada que se

refiriera a mi ausencia de aquel viaje. Ni una sola mención, ni una añoranza, ni una

gota de tristeza por no tenerme allí con ella. Al día siguiente me la encontré al llegar

a mi trabajo, esperándome. Sus ojeras denunciaban una noche de mal sueño. Tenía

en sus manos unos libros. Se levantó para acercarse a mí con su sonrisa plena, más

brillante aún que la noche anterior. Acarició mi pelo suavemente, se me quedó

mirando muy tranquila, y me dijo:

--¿Vamos a tomar chocolate?

Augusto Lázaro


Santiago de Cuba, en los 70...

 


(publicado en Cuba por la revista Muchacha)




   

domingo, 17 de julio de 2016

AHORA LOS VECINOS

Doy tres golpes en la puerta y espero. El viento mueve el único bombillo encendido

en la esquina del frente. El chirrido de la verja de hierro me hace recordar un cierto

poema que comienza cuando se abre la reja de tu jardín, Marta mía. ¿Mía? Todas

las palabras posesivas andan conmigo hoy. Ahora especialmente. Antes de abrir

oigo su voz que dice ¿quién?, pero no espera mi respuesta y abre. Me doy cuenta

de que es un poco tarde y de que el viejo debe estar soñando con la plaza de toros

de Sevilla. Ella lleva puesto un pulóver malva, el color del luto en la semana

santa, según me dijo el viejo un día. ¿Irónica? El caso es que ella está preciosa o...

no sé, es que nunca he podido definirla como yo quisiera. Detrás de su pulóver se

ve todo el pasillo hasta el fondo de la casa. Es una casa kilométrica. Cuando cierra

la puerta me mira y me dice:

--Ahora los vecinos se van a creer que vienes a acostarte conmigo.

¡Los vecinos! ¡Qué frase! La noche duerme demasiado plácida para que alguno se

levante, Pero ella... Mis ojos se prenden de su pulóver malva hasta que nos

acomodamos en un espacio reducido al fondo de la casa. Ella está haciendo unos

pinceles para sus niños, según me dice.

--Sí, ahora tengo un grupito de niños a mi cargo, de aquí del vecindario. Les enseño

a pintar y a muchas cosas. Me entretengo con ellos cantidad.

La miro. Ella sigue trabajando sus pinceles y me mira algunas veces. Pero yo la miro

siempre. Se rasca. Mis ojos siguen todo el movimiento de sus manos. Sus manos se

escapan de cualquier descripción literaria. Toman la cuchilla de afeitar y sacan

astillas de la madera blanda. Sus dedos juegan con el mechón de pelo que está

sobre la mesa y ponen un pedazo en la punta afilada de cada pincel. Después los

pega. Se dedica a todo lo que hace con verdadero amor. Cuando termina el

último pincel me trae un libro viejo sobre astronomía que acaba de encontrar no sé

dónde y me lee algún párrafo, muy entusiasmada. Me contagio cuando leo varios.

--Es un sinvergüenza -le digo del autor del libro.

--No, qué va, si este libro...

--Quiero decir: es un poeta.

--¡Ah! -sonríe-, porque es que está escrito todo así, como si fuera una leyenda. Es que

parece una leyenda, por eso me gusta. Me atrapó desde que comencé a leerlo.

--¿Así que a ti te pueden atrapar?

Nos reímos. Sí, porque a ella todo hay que pedírselo. Al menos yo. Dentro de la casa

parece que se está muy lejos de todo cuanto nos rodea. A veces el silencio se hace

insoportable. Demasiado espacio para dos personas. Le hablo de mi novela y de

uno de sus personajes secundarios muy interesanres: una anciana paralítica, tía de

la protagonista. Me dice que ella conoció a una anciana parecida y me la describe

y ojalá hubiera traído mi grabadora. Pero confío en mi memoria. Entonces se me

ocurre ponerle un toque de misterio a la visita.

--Ven acá y dime una cosa: a que no adivinas dónde está encerrada esa anciana

paralítica.

Pronuncia mi nombre, abre los ojos y me mira muy seria. Seca los pinceles y casi me

arrepiento de la broma, pero confío en su entereza y a los pocos minutos el asunto

declina. Me levanto, porque cuando se lo pido me dice que hoy no tiene café, y

fumarme un cigarro así en seco nunca ha sido mi costumbre.

--¡Qué calor! -le digo, sacudiéndome la camisa.

Sus ojos brillan. Se levanta, corre a la ventana y la abre.

--¿Cómo no se me había ocurrido antes? Ahora los vecinos van a pensar que tú te

has acostado conmigo.

Otra vez la niña. ¿Cómo es posible que le importen tanto los vecinos? Le doy un

halón de pelo y me voy hasta el cuarto de desahogo a registrar las cosas tiradas

unas encima de otras. Por casualidad descubro que en un clóset hay un espacio

hueco encartonado. Doy varios golpes y ella viene enseguida y me pregunta qué

estoy haciendo. Cuando le comunico mi descubrimiento se pone muy nerviosa,

se mete en el clóset y comienza a golpear el cartón para romperlo. Halo sus brazos

y la convenzo de que deje eso para mañana. Volvemos a la sala. Volvemos a

sentarnos. Volvemos a conversar como antes. Trato de penetrar sus ojos y de saber

qué piensa. Creo que la quiero bastante y se lo digo, pero no le digo cómo es que

la quiero. No se lo digo porque yo mismo no lo sé. Con ella todo siempre resulta

indefinible. Pero todo atrae. Seguimos con la astronomía y yo le digo que cuando

nació Napoleón el sol no estaba en Leo como creen los astrólogos. Me dice que

los astrólogos, para sus predicciones, siempre han tenido en cuenta todas esas

diferencias de tiempo y espacio. ¡Ja! Realmente es deliciosa. ¿Cómo podría yo

descubrir sus posibilidades de delicia? Me dan ganas de darle un cocotazo. Me dan

ganas de restregarle en la boca la ternura posible.

--Te queda bien el malva -le digo, cuando en mi reloj ya pasan de las doce y la

noche se empeña en seguir con nosotros.

--Me gusta ese color, aunque no tengo mucha ropa así.

--Ese color te da un toque de misterio... pero te hace más bella.

Y es verdad. Por lo menos para mí es verdad. A ella no le miento, aunque tal vez

en la mentira haya más atractivo. Pero esta noche la verdad me llena, de sueños

y de imágenes. ¿Estoy filosofando? No, con ella no. Con ella la poesía.

--Me voy. Acompáñame a la puerta, no vaya a ser cosa que tu abuelo se despierte

y me dé un bastonazo.

Se ríe. Quisiera ver su cara siempre en risa. Cuando se ríe parece más ingenua, más

tímida, más niña. Me voy en realidad. En el portal hay un pedazo de muñeca rota,

una pierna. Qué raro. Al llegar no lo vi. También hay dos balances blancos ya casi

destartalados y me pareció ver uno solo. ¿Qué me pasa? Aunque no me extraña,

con ella siempre están apareciendo cosas. Recojo el pedacito de muñeca y se lo

tiro y se pierde en el pasillo detrás de su pulóver malva. ¿Tendrá miedo? Ojalá que

duerma bien. La miro con todo el cariño que se puede ofrecer con los ojos. Entonces

se acerca y me dice:

--Vete pronto, los vecinos se van a imaginar que te has acostado conmigo.

La miro con deseos de decirle me cago en los vecinos... pero no en ti, me vaciaría

en ti, me encontraría quizás... Y no la miro más. Cruzo la calle y el aire suaviza mi

piel. Es más de media noche. Vista Alegre duerme demasiado tranquila. ¡Ah, sí!

¡Los vecinos! Quisiera ver alguno. Siento deseos de fumar y entonces veo sus ojos,

sus ojos en el pulóver malva, en los pinceles, en sus manos, en las paredes blancas

de su enorme casa, en el mechón de pelo negro, en la verja de hierro... sus ojos,

siempre tristes y solos, que me sacan eso tan cercano al amor, eso que puede

sentirse por una muchacha que nos dice que los vecinos se van a creer, van a

pensar, se van a imaginar que nosotros...



Augusto Lázaro

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