domingo, 1 de enero de 2017

EL MEJOR ABONO


A mí no me venga con ésas, compay, que ya hace más de treinta años que me

están engatusando con lo mismo: promesas y más promesas y mameyes verdes.

Mire, le voy a decir: cuando triunfó la Revolución nos reunieron a todos aquí en el

batey del central y nos dijeron: "compañeros, ahora sí los campesinos y los obreros

en general van a cambiar de vida, porque ahora sí hay una Revolución en este

pais, una Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, y esta

Revolución sí va a reivindicar...", oiga, qué trabajo nos costó aprendernos esa

palabrita... pues sí señor, nos dijeron eso, "esta Revolución va a terminar de una vez

con la explotación, la miseria y el olvido en que los desgobiernos anteriores tenían

a los campesinos..." y por ahí aquel hombre se destapó a cotorrear y óigame, mire,

a Micaela se le aguaron los ojos, sí señor. Se puso como una Magdalena. Bueno,

todos nos quedamos con las bocas abiertas, figúrese... hasta que empezaron a

intervenir los centrales y las compañías extranjeras y los latifundios y nosotros

empezamos a trabajar en esas tierras que antes pertenecían a los explotadores

extranjeros (y a muchos del patio también, qué caray) y que ahora pertenecían al

pueblo, o sea, al Estado que fue quien las nacionalizó. ¡Ah, qué tiempos aquellos!

Pues bien, a cada rato se aparecía un tipo de ésos, con agendita y papelitos en

las manos, y nos disparaba un teque que... bueno, cuando aquello aquí nadie

sabía que eso era un teque (otra palabrita nueva que tuvimos que aprender, como

tantas), imagínese. Pues sí, llegaba el tipo, se bajaba del yipe, porque nunca venía

a pie por el camino real, no señor, se bajaba del yipe y nos disparaba un discurso

lleno de promesas, que ahora los campesinos ya son libres, que ahora ya son los

dueños de la tierra, de los centrales, de las compañías que antes los explotaban,

en fin, de todo. Oigame, yo me sentí rey del mundo cuando oí todo aquello, y

salí disparado a contárselo a Micaela, la pobre, que estaba en los trajines de la

casa y los muchachos, y se lo dije, Micaela, imagínate, ahora somos los dueños de

la tierra, negra, ¿qué te parece?, ¡qué grande es la Revolución! Y así. Todo lo que

nos decía el tipo eran maravillas: viviendas confortables, escuelas, hospitales,

carreteras, y todas las comodidades que había en la ciudad, porque eso lo repetían

cada cinco minutos, que había que terminar con la diferencia entre el campo y la

ciudad. Oigame, el copón bendito. ¿Quién no se iba a entusiasmar con aquellas

promesas? Mire, si le confieso que hasta yo me emocionaba y todo, sí señor. ¡Ah!

Pero al cabo de unos meses hicieron la primera reforma agraria y le dijeron a la

gente que todavía tenía tierras privadas que se quedarían con treinta caballerías

cada uno, o cada familia, y entonces algunos empezaron a quejarse un poco.

Nosotros no, nosotros pensábamos que con treinta caballerías se podía hacer un

pocotón de cosas. ¿Por qué se quejaban? No lo entendíamos, además de que

nosotros nunca tuvimos tierras de nuestra propiedad. No, nunca las tuvimos, no,

nosotros trabajábamos en la caña y en otras labores agrícolas en el tiempo muerto.

Pero en fin, la gente se fue tranquilizando. Hasta que hicieron la segunda reforma

agraria y oiga, eso fue de arranca pescuezo: cinco caballerías para cada familia.

¡Cinco caballerías! ¿Usted me está oyendo? ¡Cinco! Y ahí ya el mambo sí fue

distinto y diferente, porque coño, ¿qué carajos se puede hacer con cinco tristes

caballerías de tierra? Y además, la tierra  que te toque, no la que tú escojas, que

había alguna que ni marabú. ¡Para qué decirle! Eso fue el alboroto padre en todo

esto por aquí. Pero a pesar de todo seguimos apoyando a la Revolución que tanto

hacía por nosotros, ¿no? Y hasta nos hicimos milicianos cuando se crearon las

milicias serranas, las milicias campesinas, todo eso... Sí señor. ¡Y qué le cuento! Pues

que hasta Micaela aprendió a tirar tiros. Si usted la hubiera visto con su uniforme de

miliciana lo que parecía... por ahí anda una foto de ella de cuando aquello, no sé

dónde estará... pero bien, sigo contándole: cuando soltaron aquello de que esto

era una revolución socialista, entonces sí se alborotó el panal. Imagínese, si aquí

todo el mundo era anticomunista, porque lo único que sabíamos de los comunistas

era que eran unos tipos que venían de vez en cuando a echarnos también un

discursito y a llenarnos el meollo de cosas, pero nunca habíamos visto a ninguno de

ellos con el azadón pegado al surco. Ya usted sabe. Pues aquí la gente por poco se

alza... sí, bueno, la propaganda que habíamos oído, sí, claro, figúrese. No, y hubo

gente que se alzó de verdad en las lomas, aquí cerca, gente que nada más tenía

unas escopeticas viejas, pero al fin se entregaron o los cogieron, el caso es que

aquellos alzados duraron unos meses nada más, no pudieron hacer nada, y chirrín

chirrán. Me acuerdo que aquella gente que venía a echarnos un discurso sobre el

sistema socialista eran muy parecidos a los que después del triunfo de la Revolución

caían por aquí también con sus discursitos y sus papelitos y nos decían más o menos

lo mismo, por eso la gente empezó a desconfiar, aunque eso sí, seguía apoyando a

la Revolución en todo lo que nos pedía, que era bastante. Pero a veces ya no nos

pedían, no, al poco tiempo empezaron a exigirnos, a decirnos que era nuestro

deber y nuestra obligación cumplir esta tarea y esta otra y todo eso, y que había

que apoyar y ayudar a la Revolución. Si señor. Y así empezó todo, como se lo estoy

contando. Empezaron a llevarse a los muchachos para la capital y para otras

ciudades, a estudiar nos decían, porque la Revolución necesitaba gente preparada

y todo eso, la Revolución siempre necesitando, lo mismo gente que trabajo, y

esfuerzos, sacrificios, ¿se da cuenta? ¡Siempre! Pues se los llevaron. Y cuando

pasaron los años no regresó ninguno. Claro, se acostumbraron a las ciudades y

naranjas agrias. Venían a vernos una vez al año y nos mandaban fotos y nada más.

¿Quién va a preferir el sol en el lomo todo el día al asfalto, las tiendas, los ómnibus,

las muchachas con minifaldas, las casas bonitas, todo eso? Pues eso fue tremenda

jodentina, porque nosotros nos estábamos poniendo viejos, ¿sabe?, el almanaque

no perdona... Sí, yo sé que es bueno estudiar y aprender, no vaya usted a creer que

no, aprender a leer y escribir, no se lo oculto, no, yo siempre estuve a favor de

eso. Pero había que pensar en el campo, en la agricultura, porque a pesar de los

equipos que mandaban para las granjas del Estado, nos íbamos quedando sin

gente para producir alimentos, imagínese usted. Yo no sé cómo a ningún dirigente

se le ocurrió pensar en eso. ¿Y los muchachos? Bien, gracias, en la capital, en

Santiago, en Camagüey, haciendo cosas que no eran las que tenían que hacer,

para lo que habían estudiado en las ciudades. De rareza regresaba algún cayuco

que no daba más con los números y los papeles. De rareza. Hasta mandaron a

muchos para los países extranjeros, a estudiar las técnicas de avanzada, así nos lo

dijeron. ¡Ah! ¿Que quién atendía la tierra me pregunta? Bueno, eso fue otro show.

Figúrese que primero mandaban a los presos, ya usted sabe. ¡Un desastre! Los presos

acabaron con la quinta y con los mangos, sí señor. Después mandaron estudiantes,

los pobres, que me acuerdo qué trabajo pasaban, vejigos que no habían visto en

su vida una guataca y que no distinguían entre un boniato y una papa. Oiga, se lo

digo yo: para trabajar en el campo, hay que conocer bien el campo, hay que

vivir en el campo, no venir aquí de picnic los fines de semana y ya. Pues como le

cuento, los estudiantes no sabían hacer nada, algunos querían trabajar de verdad,

querían ayudar, cumplir, pero qué va, no había manera. Mire: hay cultivos, como el

tabaco por ejemplo, que para recoger las hojas que hay que recoger cada día, hay

que ser un guajiro criado entre las matas de tabaco... ¿Cómo dice? Ah, sí, un

especialista, sí, eso mismo, aunque el hombre no sepa ni poner su nombre. Por eso

desgraciaron las cosechas de tabaco por allá por Vueltabajo, y lo poco que había

por aquí, imagínese: cualquiera llegaba y a arrancar se ha dicho, sin saber cuál

hoja se podía arrancar y cuál no, y la calidad del tabaco cubano al carajo. No, no

es fácil, se lo digo yo. Pues bien. Así pasaron los primeros años: presos, estudiantes, y

después trabajadores voluntarios, gente de oficinas, del pueblo, que sólamente

cogían las mochas y a dar guantazos sin ningún control. Las mochas o las guatacas.

Otro show. Y que venían en manadas, se tiraban aquí, allá, y a acabar con la

tierra y con todo lo que hubiera sembrado. Y hasta vinieron unas cuantas brigadas

de jovencitos que querían enseñarnos a nosotros cómo se debía trabajar aquí en el

campo. ¡Manda huevos! ¡A nosotros, sí señor!  Brigadas técnicas de no se sabe qué

mierda las llamaban. Oiga, le zumba la berenjena. "Así se produce más, compañero

agricultor", nos decían esos vejigos, y mire lo más que se ha producido que hoy no

tenemos aquí ni malangas para los niños. Cuando yo se lo digo. En fin, que todo el

mundo pasó por el campo, porque el Partido decía que el hombre debería estar

en todo, integrarse a todo, tener esa experiencia del trabajo físico, y el resultado ya

usted lo conoce. Me acuerdo muy bien, si Micaela me lo decía molesta, que un fin

de semana venía un grupo y otro fin de semana venía otro, que en vez de continuar

lo que había hecho el anterior, empezaba donde le saliera, con un responsable que

ellos mismos traían del pueblo, dígame usted. Pregúntele a cualquiera de los viejos

de por aquí para que vea. Pues sigo: cuando pasaron los años todo esto se

convirtió en una gran agrupación agropecuaria del Estado. Todos nos convertimos

en empleados del Estado, y ahí sí que la mula tumbó a Genaro, porque con el

Estado uno no puede discutir, siempre pierde. Oigame, hay que dejarse de bobería:

uno trabaja bien lo que es de uno, pero lo que es de todos, que no es de nadie,

olvídese. Y eso fue lo que pasó, que cuando la gente empezó a trabajar para el

Estado, que era el nuevo patrón único y que nos pagaba menos por lo que

producíamos y nos quería controlar hasta en la manera de agacharnos en el surco

la gente empezó a majasear, a hacerse el chivo loco, a inventar, porque también

empezaron a escasear las cosas, y si uno se pega a trabajar en el campo desde el

amanezco, y después cuando cobra no puede comprarse lo que necesita o lo que

le da la gana, figúrese. Yo no sé a quién se le ocurrió eso de quitarle la tierra a los

campesinos y hacer agrupaciones estatales. Poner al Estado de dueño. Oigame,

ese tiene que tener cascaritas de calabaza en la azotea. Mire usted, que entonces

aquí nadie se quedó ni siquiera con un conuquito para sembrar plátanos y criar

gallinas, imagínese. La tierra empezó a ponerse triste, los animales empezaron a

languidecer (¿me está oyendo las palabritas que uso?, ¡ah!, porque yo estudié mi

poquito, no vaya usted a creer) y muchos estiraron la pata. No no no, el acabóse

vigueta. En fin, que para qué voy a seguir contándole los desbarajustes de aquellos

años de locuras. No es que yo sea un enemigo de la Revolución, no se vaya a

confundir. No señor. Yo no niego las cosas buenas que la Revolución ha hecho. Pero

óigame, el desastre que provocó poner las tierras en manos del Estado... ¡eso no es

un juego! Ni en cuarenta años se recupera lo que se perdió... Y así hasta hoy, que

mire cómo estamos, que ni el azúcar alcanza para que Micaela pueda hacer un

domingo arroz con leche, si conseguimos la leche, que si no es con dólares hay que

ponerle una vela a San Lázaro a ver. Nosotros, que vivimos al lado de un central. Por

eso le digo, compay, a mí no me vengan con ésas. Mire: eso de que los guajiros

somos los dueños de la tierra, de los centrales, del país, no se lo cree ni el mongo

Masabí. ¿Usted se lo cree? Mire, no se me haga el bobo y perdone, pero el tiempo

de los bobos se acabó. Venga acá y dígame una cosa: ¿quiénes son los que tienen

las mejores viviendas?, porque usted vio dónde vivimos nosotros. Sí, una casita casi

nueva que nos ganamos en la emulación Micaela y yo, trabajando como dementes

pero de madera. ¿Quiénes viven en los mejores edificios de las ciudades? ¿Eh? ¿Y

quiénes son los que tienen carros y no pasan tanto trabajo con esos camiones

repletos de gente con paquetes y sacos y peste a chivo viejo? A ver. ¿Y quiénes se

visten mejor, que todo lo que se ponen encima es de afuera? Porque ni Micaela ni

Rolandito ni Joaquín ni yo nos hemos puesto nunca encima una tela de esas que

dicen que se venden en las tiendas de los dólares que hay en las ciudades. ¿Y qué

me dice de los sueldos? ¿O me va a negar que los campesinos, que somos los que

más trabajamos, los que producimos los alimentos en este país, somos los que menos

ganamos? ¿Eh? Los que producimos la comida que hay, ¿se da cuenta? Y casi no

tenemos ni para nosotros mismos. Ni un pedacito de mantequilla ni un café con

leche para desayunar. ¿Y quiénes se pasan la vida por ahí, viajando de lo lindo, de

avión en avión, con el dinero del Estado, del pueblo? Pregunte por todo esto para

que vea que aquí nadie ha viajado nunca por los países extranjeros ni nada de eso,

no señor. Eso lo hacen los que vienen aquí a echarnos un discurso con su agenda y

sus planillas, y diciéndonos siempre que tenemos que seguir sacrificándonos... Mire,

déjeme callarme, porque si sigo hablando se me va a subir lo que tengo de isleño a

la cabeza y... mejor cerrar el pico que a veces hablar más de la cuenta es peligroso.

Ya me lo decía Micaela al principio y yo no le hice caso: Celedonio, mi marido, no

cojas tanta lucha con la política, que de los políticos no se puede esperar nada,

porque tos son peores...



Augusto Lázaro

en Cuba, últimas décadas del siglo XX


www.facebook.com/augusto.delatorrecasas

domingo, 4 de diciembre de 2016

EL PROCER

Aristóbulo Birria y Bustamante nació vivo y sano, aunque no coleando, una mañana

en que los gallos no cantaron a su hora porque hacía tres días y medio que un gran

ciclón de alcance ídem azotaba impíamente el pintoresco poblado de Boniatillo,

desde donde viajaba su madre con rumbo a Santiago de Cuba, para cumplir sus

nueve meses de embarazo, en un carricoche que no llegó a tiempo, porque los

caminos estaban atascados. O sea, que Aristóbulo nació en la carretera y bajo un

huracán, dos circunstancias que desde temprano lo hicieron muy original.

--Eran tiempos malos -dice Aristobulito (el hijo) cuando recuerda el acontecimiento.

Y en efecto, eran tiempos malos aquellos en que no se había inventado la tele, y

los pocos residentes del pacífico poblado entretenían sus noches jugando dominó

o cumpliendo cabalmente las labores propias de sus respectivos sexos.

Birria vio por vez primera (aunque los testigos afirman que nació con los ojos, como

todos los niños, cerrados) el mundo circundante el feliz día 8 de agosto de 1919. Su

advenimiento a este valle de lágrimas (y algunas veces de risas) no fue celebrado

por nadie, porque nadie podía imaginarse lo que el futuro deparaba a esta egregia

figura de nuestra sociedad. Hoy, sin embargo, cada 8 de agosto es recordado este

prohombre, cuyos méritos formarían una lista demasiado larga para reseñarlos.

--¡Una gloria nos ha abandonado! -dicen que fueron las palabras de su médico de

cabecera cuando firmó la defunción, secándose las lágrimas con la toalla que le

había alcanzado la viuda para que se secara las manos, y después de asegurarse

de que era totalmente cierto que el genio había cantado el manisero.

Desde muy pequeño, Aristóbulo comenzó a dar muestras de su precocidad: lloraba

cuando tenía hambre, hacía la gracia en cualquier sitio delante de la gente, con

una absoluta falta de prejuicios, se quedaba dormido sin que tuvieran que cantarle

el arrorró, cada vez que tenía sueño, y daba cariñosas pataditas a los que cometían

el error de acercarse a su cuna para hacerle cosquillas en sus piesecitos.

Viajó intensamente, pues su familia cambió de domicilio diez y siete veces, hasta

que ya cansados de buscar nuevos horizontes se instalaron definitivamente en una

casa vieja de un viejo callejón de Santiago, desde donde Birria conquistó la fama

que aún en nuestros días permanece indeleble. Cursó la enseñanza primaria sin

repetir más de una vez ningún grado, y también la secundaria, pero por desgracia

tuvo que interrumpir sus estudios porque en su casa lo necesitaban, ya que la

situación estaba, como decía su padre, "dura, como un macao terco".

--Eran tiempos peores -dice Aristobulito (el hijo) cuando rememora sus primeros años

en el callejón.

Y en efecto, eran tiempos peores aquellos en que el dinero no frecuentaba mucho

los bolsillos familiares, pero en los cuales, no obstante, se destacó su padre en la

escuela, por su afán desmedido de recoger todos los borradores de ejercicios que

hacían los demás alumnos, contestando, cuando se le preguntaba para qué los

quería, que "es que así voy reuniendo información sobre mis condiscípulos".

Ese afán de saber y de estar informado, de conocerlo y controlarlo todo, le creció

en una oficina donde un tío suyo viejo y olvidado por toda la familia lo colocó, para

que el tan despierto joven se ganara la vida honradamente y ayudara a los suyos.

En cierta ocasión le preguntó a su tío por qué no se conservaban los recibos viejos

que éste lanzaba con brillante puntería (la costumbre lo había hecho diestro) al

cesto de basura que estaba a tres metros del buró de caoba desde donde podía

observar a su sobrino con cautela. En esa y en otras oficinas por donde fue pasando,

cada vez mayores y más importantes, transcurrieron los primeros treinta años de

trabajo del ya gran funcionario. Incansable, observador y súper ordenado fue

Aristóbulo, en ese largo período de su trayectoria laboral, en el cual creó con

encomiable afán e iniciativa algunos elementos muy dignos de mención, como el

archivo multiplicado, con el que se evitaba tener que levantarse para ir a consultar

cualquier asunto, el control de documentos por personas, para que cada cual

pudiera, en un momento dado, disponer de tal o más cuál dato, sin perder el tiempo

y la energía moviéndose de un lugar a otro en cada puesto de trabajo, el

cronograma de colores, contentivo de las actividades por horas y por días de cada

uno de los empleados, en poder de cada uno de los jefes, vicejefes y subjefes de

secciones, cosa de que nadie pudiera ser atrapado in fraganti en una auditoría no

anunciada, con preguntas capciosas sobre cómo anda esto y esto otro, y sobre

todo, su sensacional hoja de ruta, que cada empleado debía colgar en la puerta

de su jefe cada vez que se ausentaba del área de trabajo propia, detallando

pormenorizadamente el recorrido que pensaba hacer, con quién iba a contactar,

etc.

Su fama fue creciendo con cada iniciativa, y varias empresas múltiples solicitaron

sus servicios, tan inapreciables y que tanto contribuían al progreso de la gestión

administrativa.

--¡Es una luminaria! -exclamó en una asamblea su jefe inmediato cuando alguien

propuso que se le concediera la Medalla Honor al Mérito, por tan extraordinarios

inventos ofrecidos altruisticamente a la causa de la organización.

Gracias a Don Aristóbulo, como ya le llamaban en todas las oficinas de Santiago y

en algunas de Camagüey, Santa clara y La Habana, contamos hoy con creaciones

de tan alto calibre como la planilla de 48 tópicos parejos a 4 columnas, el cenicero

portátil, el stencil duplicado, la agenda minutera, el borrador con brocha, el

sacapuntas de doble filo para lápices bicolores, la pluma con tintero intrauterino,

el secante de papel higiénico, las tijeras de 4 tenazas, el libro de firmas por horas,

la tarjeta de control de meriendas y tomas de café, el registro de conversaciones

inter-empleados, los espejos retrovisores de burós, el papel carbón cuadriculado,

los archivos de desglose, el memorándum digital, la cinta de máquina recargable,

el papel de 8 1/2 x 26, el recado diferido, las llamadas retrasmitidas, las reuniones

diarias, los contactos por sesiones, etc., que lograron que su nombre siempre fuera

pronunciado con admiración y respeto en todas las dependencias públicas (y hasta

en algunas privadas) donde laboraban con ingente esfuerzo funcionarios y empleados

que se afanaban fervorosamente por agilizar los trámites de cada ciudadano para

hacerle la vida agradable a cuanto ser humano acudiera a sus servicios.

Pero sin dudas, la obra maestra de Don Aristóbulo fue el centuplicado, que creó

precisamente el 8 de agosto de 1969, cuando alcanzaba sus hermosos y productivos

cincuenta años de vida y creación. El centuplicado revolucionó la historia de la

administración pública. Consistía este maravilloso invento en sacar 99 copias de

todos los papeles, documentos, cartas, memorandos, órdenes de compra y de

servicios, telefonemas, planillas, conduces, informes, planes, borradores, pases,

telegramas, actas de asambleas y reuniones, consejillos, etc., con el fin de remitir

por correo certificado una copia a cada jefe de organismo, organización, empresa,

unidad, institución cultural o deportiva, planteles estudiantiles, fábricas, granjas,

cooperativas agrícolas, unidades militares, puestos de fiambre, etc., para que todo

el mundo estuviera informado de cuanto acontecía en todas partes y así tuviera

cada cual una visión completa de la vida y del mundo.

Aristóbulo Birria y Bustamante falleció el 28 de septiembre de 1975, dejando una

estela de llanto y melancolía entre los que tuvimos el altísimo honor de conocerlo y

de admirar su valiosa obra creativa... Su muerte, sin embargo, nunca quedó del todo

clara, puesto que su cadáver fue encontrado por una empleada de limpieza, al

amanecer, un día nublado y caluroso, ahogado entre montones de papeles diseminados

por toda la superficie de su largo buró...

Hay quienes afirman que Don Aristóbulo fue el inventor del burrocratismo, pero hay

muchos que aseguran que no, que no fue él...



Augusto Lázaro




domingo, 6 de noviembre de 2016

SE ACABARON LOS COLCHONES

Ñico se incorporó de un salto y se quedó en la cama como un monje budista. Se restregó los ojos. Se rascó la cabeza. "Menos mal que no falló", se dijo, cuando encendió la luz y miró el despertador que marcaba exactamente
--las cuatro, chica -le dijo, desamodorrándose, a Mercedes, que también se había despertado, aunque no tan de súbito, y le preguntó qué hora era.
--¿Para qué lo pusiste tan temprano? -exclamó Bola de Sebo, como cariñosamente le decía Ñico a su mujer.
--Mira, no empieces con la embromadera y vuélvete a dormir.
Pero ya Mercedes se estaba calzando las chancletas plásticas y no le hizo caso.
--Voy a colar un buche -dijo.
Después de pensarlo un ratico, volverse a restregar los ojos y rascarse la cabeza por segunda vez, Ñico decidió que no le quedaba más remedio que levantarse. Comenzó a vestirse cuando ya Mercedes le traía una taza echando humo.
--Se te fue la mano con el agua, mija.
Antes de salir, Ñico se tomó un jarro de leche bien caliente, rechazando el pan tostado que le ofreció Mercedes. "Tiene un poquito de mantequilla, muchacho". Pero Ñico se cepilló los dientes, se dio un par de peinazos con el tenedor de pino ruso, y terminando de abrocharse la camisa Benny le dijo: "A ver si amanecí con suerte hoy", y se dobló hacia atrás, apretándose la cintura con las dos manos, "porque ya tengo la espalda que parece una tabla de planchar".
No había nadie en Calvario a esa hora y aunque no hacía frío Ñico sintió el aire de la madrugada pegándosele en las mejillas y restregándole el humo del cigarro en plena cara. "A lo mejor cojo un número bajito", pensó, "porque nada más son diez colchones". Y en efecto, él los había visto ayer cuando el camión de Comercio Interior los descargaba en la tienda NOVEDADES de la Plaza de Marte. Entonces se había aproximado, quedándose en éxtasis ante tanta belleza, comodidad y olor a nuevo. "Y que son de muelles", descubrió al tocar uno, ante la mirada indiferente del manipulador. Hacía varios meses se lo había dicho a Mercedes:
--Oye, Bolita, yo creo que con los ahorritos que tenemos podríamos comprarnos un colchón nuevo, ¿no te parece? Porque la verdad que éste ya está largando el piojo.
Mercedes no dijo ni ¡hum! Sabía que cuando a su marido se le metia algo entre las cejas era inútil tratar de persuadirlo.
--Chica, parece que a ti no te gusta dormir cómoda -le espetó Ñico una noche en que tuvieron que acostarse temprano, porque ni la abuela Amanda resistió la programación de la tele.
--A mí sí me gusta dormir cómoda, Ñiquín, pero es que cada vez que sacan los dichosos colchones tú dices lo mismo, y por tu haraganería siempre llegas cuando ya no quedan ni almohadas.
Ñico se rascó la cabeza y reconoció a su pesar que su mujer tenía razón.
--Por eso la próxima vez me levanto a las cuatro y tú verás.
Y ahora Ñico subía Aguilera, todavía a oscuras, con el cigarro colgándole en laboca y con las manos metidas en los bolsillos. Al llegar a la Plaza de Marte no vio a nadie por los alrededores. "No puede ser", pensó, y buscó con los ojos alguna silueta escondida entre los arbustos o debajo de los bancos o detrás del obelisco, que le dijera que todavía estaba amodorrado por el sueño. Pero no: no había nadie.
--¡Coño! Soy el uno -gritó, sacándose las manos de los bolsillos y lanzando el cabo del cigarro a la esquina de Garzón-. ¡El colchón es mío!
Y cerró los ojos, imaginándose la placidez de un sueño suave junto a su mujercita, en una horizontalidad que invitaba a la caricia y al descanso. Poco a poco fueron llegando los supuestos usuarios y formaron una cola que daba gusto verla, por la disciplina que mantenían tantos cuerpos en fila. Pero Ñico tenía el uno. Y cada vez que miraba su reloj se repetía mentalmente: "¡El colchón es mío!"
Por fin se abrió la puerta de la tienda cuando ya el sol calentaba las cabezas, las pañoletas y los rulos de quienes habían esperado con paciencia de gato, aunque a partir del número once esperaban en vano, porque sólo había diez colchones, y eso lo sabía Ñico, que los había contado uno por uno. "Los pobres", se decía, mirando la cola con benevolencia. Y ahora estaba dentro de la tienda. Y ahora, ¡por fin!, podría comprar su tantos meses deseado flamante colchón. Porque Ñico tenía el uno.
--¿Qué desea? -preguntó sin mirar un hombre grueso que emborronaba vales en el mostrador.
--¡Un colchón de muelles! -casi gritó Ñico alborozado, repasando sus planes de descanso y placidez.
--¡Se acabaron los colchones!
Ñico pensó que había oído mal. "Ya me lo decía Bolita, que tengo que ir a ver al otorrino". En cuestión de segundos pasaron por su mente millares de ideas, todas espeluznantes. Pero reaccionó de inmediato.
--¿Cómo dice?
--Que se acabaron los colchones -el gordo levantó la cabeza por primera vez y lo miró-. ¿Usted es sordo o qué?
--Pero...
Pero Ñico no pudo decir nada. Ahora estaba convencido de que no eran fallos de su sistema auditivo y no podía de ninguna manera admitir esa idea increíble, ilógica, absurda.
--¿Cómo que se acabaron, compadre? -gritó uno de la cola-. Si yo los vi aqui ayer por la noche, que los estaban acomodando en el recibidor.
--Pues se acabaron, compañero. Los vendimos todos ya.
--¿Que los vendieron todos ya? ¿Y a quién? Porque nosotros somos los primeros en la cola y de aquí nadie ha salido con ningún colchón.
--Se los vendimos a los empleados.
Ñico tuvo que alzar mucho la voz, porque los comentarios y las protestas de los demás usuarios aumentaban de tono y de volumen segundo a segundo, hasta hacerse amenazantes. Al encender un cigarro, Ñico se quemó las pestañas con la llamita del fósforo, pero enseguida gritó:
--¿Qué es eso de venderle los colchones a los empleados? ¿Usted se cree que aquí nos chupamos el dedo?
Entonces el resto de la cola se desplayó sin miramientos.
--Sí, sí, sí, ¿qué coño es eso?
--Eso no puede ser.
--Déjate de jodiendas, masa boba.
--No no no, que saquen los colchones, vamos, que los saquen ya.
--¿Qué se ha figurado el gordo pendejo este?
Y el coro de insultos, gritos y malas palabras, se mantuvo in crescendo hasta que el dependiente, en actitud de ofendido, les gritó a todos con su voz de acordeón viejo que cerraran el pico y si no llamaría a la policía, lo que no causó ningún efecto en el público presente. Viendo que no se calmaban, aumentó el volumen de su voz:
--¿Y ustedes qué coño se creen? ¿Eh? ¿Qué coño se creen? Estos compañeros de la tienda son tan trabajadores como ustedes, ¿eh? Y hacen sus guardias, y van al trabajo voluntario, y quieren dormir sabroso como ustedes, ¿eh? ¡Ah! Y tienen los mismos derechos que ustedes. ¡No faltaba más!...
Cuando Ñico dobló por Rey Pelayo, de regreso a su casa, con la cara estirada como un bastidor de colombina remozado y con las manos metidas en los bolsillos observó que en la puerta de su casa, de espaldas a él, Mercedes comentaba con una vecina a voz en cuello:
--Pues sí, mi amiga, el colchón debe estar al llegar. Imagínate lo rico que vamos a dormir esta noche...
Augusto Lázaro
http://laenvolvencia.blogspot.com


domingo, 23 de octubre de 2016

DESTINO FUENLABRADA

Recuerdo nuestro primer viaje juntos, cuando nos conocimos en el tren en el que

yo regresaba diariamente al centro de acogida donde esperaba la resolución

sobre mi solicitud, ya admitida a trámite. Eramos apenas unos jóvenes que al

parecer no podían tener grandes problemas en sus vidas, a primera vista. Tú leías

un libro pequeño con mucha atención, pues no levantabas la vista de sus páginas.

--Como veo que te gusta leer, creo que esto te va a gustar -y te di un cuadernito

editado por la empresa ferroviaria con minicuentos enviados por usuarios que no

tenían mucho que envidiar a las vacas sagradas de la literatura española. Me

pregunté enseguida si había hecho mal en tutearte sin siquiera conocer tu nombre.

Pero cuando me miraste me di cuenta de que eso no te había molestado.

--¡Ah! Muchas gracias -me contestaste, aceptando mi obsequio y sonriéndote.

No hacía frío ni calor. Nada presagiaba que pudiera acontecerme algo fuera de lo

acostumbrado. Ni mucho menos que aquel primer encuentro se convertiría en poco

tiempo en nuestra principal razón de ser. Y de vivir. Antes de bajarnos -pues los dos

nos dirigíamos al mismo destino-, no pude contenerme, y te pregunté si vivías en esa

ciudad.

--Pues sí, vivo aquí en Fuenlabrada desde que nací. ¿Usted también?

Te conté muy brevemente que no, que sólo por un tiempo, y que me extrañaba no

haberte visto antes en ese recorrido que diariamente yo solía hacer. Me dijiste que

de día estudiabas en tu ciudad natal y que de noche venías a Madrid algunas

veces y por eso tomabas el tren para regresar a Fuenlabrada, como en esa ocasión.

Me gustó tu disposición para mostrarte extrovertida, dándome informes que yo ni

siquiera te había pedido. Pero lo hiciste tan espontáneamente que no me dejó

ninguna duda sobre tu sinceridad.

Después de dos o tres encuentros similares -no casuales, pues yo me quedaba en la

estación de Atocha esperando hasta que aparecías-, comenzamos a vernos en esa

ciudad donde yo llevaba varios meses, y donde tras algunos paseos y tomas de

café en cualquier bar que nos encontráramos y nos pareciera agradable, nos

dirigíamos a la estación de la RENFE para venir a Madrid. Eso, algunas veces, pues

casi siempre venía yo solo, porque tú terminabas tus estudios y debías quedarte con

libros, libretas y apuntes imprescindibles para ocupar un buen lugar en tu ya algo

cercana graduación.

--¿Selene?... o sea, luna. Ese nombre... ¿quién te puso ese nombre?

--Pues mi tía Filo, estaba leyendo un libro donde aparecía ese nombre y se puso

casi histérica: "a mi primera sobrina tienen que ponerle Selene... será bella,

alumbrará como la luna dondequiera que pase"... y no hubo manera. ¿No te

gusta?

--Pues sí, me gusta... claro que me gusta. No conozco a nadie con ese nombre.

Al poco tiempo ya pasábamos un par de horas dando vueltas sin nada especial,

cuando nos citábamos al anochecer en Madrid, hasta que tomábamos el último

tren hacia nuestros lugares de vivir, cerca de la medianoche.

Cuando nuestros encuentros se hicieron más íntimos, ya no había gestiones ni

estudios ni nada: nos citábamos, lo mismo en Fuenlabrada, donde ya yo no vivía,

que en la estación de Atocha, y nos dedicábamos a disfrutar un amor recién nacido

que presagiaba rebosar el límite de la pasión. Yo me ponía nervioso, con la vista

clavada en la pizarra de Móstoles-El Soto, esperando verte aparecer por la escalera

rodante y casi correr hacia mí, para besarnos y abrazarnos entre el gentío que no

veíamos ni oíamos, ajenos como estábamos a todo lo que no fuera esa dicha que

la casualidad nos había regalado tan de gratis, tan así, sin buscarla, sin siquiera

proponérnosla. Cuando me decías que debías regresar a tu casa, yo subía al tren

y te acompañaba hasta la misma puerta, y me quedaba en la acera, mirándote,

hasta que te veía cerrarla, sana y salva, como quizás te verían tus padres entrar

sonriente, que no se dormirían tranquilos hasta tu llegada. Yo entonces tenía que

regresar en autobús, pues a esa hora la RENFE había terminado sus viajes. Todo era

delicioso... porque tú eres deliciosa...

...ahora, cuando mis ojos traspasan la ventanilla de este mágico tren, vuelvo a

verte sentada junto a mí, muy apretada a mí, mientras calles, edificios, coches y

personas corren hacia atrás, veloces, hasta que yo salgo de mi éxtasis y veo el

espacio vacío a mi lado y me doy cuenta de que viajo solamente acompañado por

esta ilusión de encontrarme contigo otra vez, de sentirte otra vez junto a mí como

antes, como siempre, como nunca debí permitir que dejara de hacerlo...

Sí. Vuelo a hacer el mismo recorrido de tantas veces, esta vez no contigo, hasta

tu ciudad natal, donde ya no me esperas y donde no te imaginas que puedo

aparecerme como antes, lleno del mismo amor que nos había unido y que

pensábamos que no habría nada ni nadie que pudiera interrumpirlo. Pero hoy yo he

decidido romper este silencio estúpido y soberbio que no supe a tiempo desbancar

de mi orgullo, para repetirte una vez más que te quiero, que siempre te he querido,

y que no me importa otra cosa que no sea quererte, y quitarte de esa cabecita

porfiada e inocente la absurda idea de que no eres lo que yo necesito, de que no

te mereces a un hombre como yo, y tantas otras tonterías que me mantuvieron

alejado de ti ya demasiado tiempo...

PRIMERA PARADA: MENDEZ ALVARO

...y es como si regresáramos otra vez juntos como hacíamos todas las noches, para

besarnos incansables al doblar por la calle Polvoranca, tu calle, y detenernos frente

al jardín que tu mamá cuidaba sin cansarse, donde me confesaste una vez que

después de conocerme en el tren me esperabas cada mañana sabiendo que yo

pasaría por allí (yo también por verte, porque no tenía que hacer ese trayecto)

cuando me dirigía a la estación para venir a Madrid a continuar mis interminables

gestiones para sobrevivir todavía sin tener una idea segura de cuál sería mi destino

en el país. Un día te sorprendí en la ventana, ¿te acuerdas?, y ya desde ese mismo

instante, los dos sabíamos que nos esperábamos para saludarnos alzando nuestras

manos, hasta que nuestro amor no pudo esperar más y afloró aquella noche en

Madrid, cando casi sin darnos cuenta comenzamos a besarnos y estuvimos

besándonos y acariciándonos durante un tiempo largo que a mí me pareció una

eternidad. Entonces los relojes desaparecieron de toda la Tierra, y no nos importó

que se nos fuera el tren y que tuviéramos que quedarnos no sabíamos dónde a

esperar el día siguiente. ¡Ah! ¡Qué hermoso era aquello! ¡Qué inocentes estábamos

de los avatares que nos esperaban en el curso del tiempo!...

--Te lo he dicho mil veces: me gusta tu sonrisa. Es que cuando sonríes se abre una

ventana con vistas al único paraíso que existe, en la Tierra.

--No empieces con tu afición a la poesía.

--No, espera, que eso no es mío, es una cita de un poeta famoso.

--Pues procura llegar a ser famoso tú algún día y así te leeré. Sólo a ti.

SEGUNDA PARADA: DOCE DE OCTUBRE

--Cuando termines los estudios, ¿qué piensas hacer?

El tren avanza rápido. Hay pocos viajeros. Es muy tarde ya. Ella y yo ocupamos el

último asiento del vagón, donde nadie nos ve. Y estamos al borde de cometer una

de esas locuras propias de la juventud que son la esencia de la vida, en un mundo

lleno de complicaciones, prejuicios, convencionalismos.

--¿Que qué voy a hacer? Buena pregunta. Eso quisiera saber yo.

--Pero... ¿no has pensado dónde pudieras trabajar? O algo así. En qué lugar, no sé.

--Claro que lo he pensado. Pero en Fuenlabrada no tengo muchas oportunidades,

mi especialidad no es muy solicitada que digamos. Y salir de allí, dejar a mis padres

solos... no sé.

Su especialidad era algo así como una especie de peritaje en química. No sé por

qué rayos tenía tal predilección por esa ciencia. Pero ¿qué pensaría ella de mi

inclinación a las letras? De seguro que creía que yo estaba loco. Letras en este país.

Si hasta yo mismo a veces me creía que tenía que estar loco...

TERCERA PARADA: ORCASITAS

Me habían concedido un comedor social mientras no pudiera obtener un empleo,

y le dije que estaba en Orcasitas, en la calle Trevélez, cerca de la estación de la

RENFE.

--¿Y vienes a comer aquí todos los días?

--No, de lunes a viernes. Desde Atocha sólo son 8 minutos. No es muy lejos, y la

comida es bastante buena. Y el comedor está muy limpio y muy bien atendido,

está junto a una residencia para ancianos válidos.

Es un barrio populoso, porque aquí se baja mucha gente. Es curioso cómo miramos

a los viajeros, imaginándonos la historia que cada cual ha de llevar muy adentro,

quizás acertando algunas veces, porque los seres humanos tienen más semejanzas

que diferencias. Lástima que la humanidad no se percate de ello.

--Un día voy a hablar con mis padres para que te invitemos a comer a mi casa,

que ya va siendo hora, ¿no crees?

--Pues no sé... eso lo creeré cuando esté allí sentado con el plato delante.

--Hombre, ni que fueras Jack el Destripador -y se ríe, se ríe sin parar, con toda la

felicidad del mundo reflejada en sus ojos-. Ya tenemos tiempo, y si antes no he

querido hablar con ellos sobre esto es porque... porque bueno, es que mis padres

son demasiado celosos con su única hija, ¿sabes? Pero ya está bien. En el fondo yo

creo que ellos se han dado cuenta de que lo nuestro va en serio.

CUARTA PARADA: PUENTE ALCOCER

Las manos de Selene son finas y sus dedos son largos y muy blancos. Me gustan sus

manos, esas manos que tanto han recorrido mi piel, que a veces ella pone en mis

mejillas, mirándome asombrada del tiempo que ya llevamos juntos haciendo el

mismo recorrido. Aunque no el mismo exactamente: siempre encontramos un

detalle nuevo, algo que no habíamos visto, sobre todo en los viajeros, porque lo

más interesante de la vida es la gente que puebla sus sitios. La gente. Pero a veces

a nosotros no nos importa la gente. Ni ninguna otra cosa.

--¿A que no sabes cuánto hace ya de aquella noche, cuando nos conocimos?

--¿Quieres apostar a que lo sé?

--No soy apostador.

--Yo tampoco, pero para demostrarte que eso nunca se me va a olvidar.

--Selene... la verdad que tengo que decírtelo: te quiero. Aunque suene cursi.

--El amor, cuando se siente de verdad, nunca es cursi, querido. ¡Nunca!

QUINTA PARADA: VILLAVERDE ALTO

Aquí viven algunos de los comensales de mi comedor: Marilú, Miguel, y dos de las

camareras que nos sirven, que son trabajadoras de la residencia "San José". Nunca

traje a Selene a Orcasitas, aunque la veíamos diariamente al pasar desde el tren.

Sólo nos bajamos una vez en Zarza Quemada para irnos de compras a Parquesur,

y por supuesto, en Méndez Alvaro, donde a veces nos citábamos cuando nuestros

itinerarios coincidían con esa parada o con la Estación Sur de Autobuses.

--Aquí se está bien.

--Yo contigo estoy bien en cualquier lugar.

--¿Estás segura?

--Completamente.

Se ríe. pero le voy a cortar la risa, por embromarla un poco.

--Entonces vámonos al bar de Dolores y entremos en los servicios. Ya verás.

--Estás inventando ese bar y esa Dolores, vamos, que te conozco.

Nos reímos tanto que la gente nos mira. Pero qué coño importa que nos miren.

Que se alegren los felices y que sufran los idiotas incapaces de serlo.

SEXTA PARADA: ZARZA QUEMADA

--Pues esta es la tarjeta blanca que me acredita como refugiado. No puede

doblarse y es demasiado grande. Qué molestia.

--Vaya, vaya... ¡qué suerte tienes tú! Uno entre cien que recibe el asilo.

Con aquella tarjeta no hacía nada, sólo presentarla como una identificación a

falta de otra y nada más. Y si acaso, algunos servicios gratuitos que después

perdería al obtener la nacionalidad. Selene no pensaba como yo, pero nunca

hablábamos sobre la política. Una vez se lo dije:

--La política para lo único que sirve es para dividir y enemistar.

Y nuestro amor estaba por encima de cualquier tontería. Por eso sacábamos libros

de la biblioteca, leíamos y discutíamos de literatura, de música (ella con sus ritmos

llamados modernos y yo con mis preludios chopinianos), de sus estudios y de mis

perspectivas laborales, y así se nos iba el tiempo entre lecturas, visitas, susurros,

besos y caricias y viajes, muchos viajes, diarios, de una ciudad a otra, y a veces

nos quedábamos los dos adormecidos con las cabezas unidas, mirando por las

ventanillas del tren cómo pasaban los lugares que a diario contemplábamos, y que

por estar los dos juntos nos parecían hermosos y dignos del mejor paisajista, mientras

pasaba el tiempo... porque el tiempo jamás se detiene.

SEPTIMA PARADA: LEGANES

Bibliotecas, karaokes, el museo de cera, el cine Imax, el parque de El Retiro, donde

podo faltó para que ella pescara un resfriado con tendencia a la bronquitis por estar

desabrigada y por quitarle yo el jersey que apenas la cubría del aire, de ese aire

molesto e imbatible que siempre azota la ciudad... nos gustaba visitar la zona vieja

de la capital, ir a La Casa Encendida a disfrutar de cualquier actividad de ocio o

cultural, caminar por las calles vacías de los barrios en donde los paseantes se

concentran en sus principales arterias comerciales, registrar los estantes de la FNAC

y contemplar con deseos reprimidos los altísimos precios de sus ofertas literarias,

musicales y cinematográficas, tomar un autobús sin rumbo fijo y dejar que el reloj

caminara sin freno mientras nos apretábamos prodigándonos calor cuando el frío

se ponía impertinente... y en Fuenlabrada siempre acudíamos a un restaurán

acogedor que tenía sus paredes cubiertas con escenas taurinas, aunque a ella no

le gustaban nada las corridas que irónicamente se llaman la fiesta nacional.

--¡Vaya fiesta! ¿Cuál será entonces la tragedia?

--¿Así que eres antitaurina?

--Al contrario, me gustan los toros. Los que no me gustan son los toreros.

Y nos echamos a reír a cacajadas, mientras la camarera nos miraba y sonreía,

quizás pensando que formábamos una pareja que no podía tener ningún problema.

Así era nuestro amor... hasta que la mala suerte o el destino o la casualidad hizo que

ella subiera a uno de los trenes fatales que explotaron aquella mañana tan terrible,

en la que los terroristas hijos de puta segaron tantas vidas y enlutaron a todo el país,

y que la condenaron para siempre a vivir como ella se resistia a vivir... y a decirme

que nuestra relación debía terminar...

OCTAVA PARADA: LA SERNA

--El 10 de marzo tengo que ir a visitar a una tía enferma que vive en Alcalá. Si me

coge tarde tendré que quedarme allá a dormir. Le hablaré de ti, le contaré algo,

a ver qué piensa.

--¿Por qué no puedo acompañarte?

--Mejor voy sola. Mi tía es buenísima, pero está algo anticuada, ¿sabes? Creo que

no le gustaría ver llegar a su sobrina preferida acompañada de un hombre que ella

no conoce.

--Como quieras. Ese día me dedicaré a ponerme al día en las lecturas que tengo

atrasadas. Te veré al día siguiente, como siempre, por la noche.

--En Atocha.

--A las ocho.

Pero ese día a las ocho no pudimos vernos. Pasó lo que pasó y a partir de ese

momento la maldad del ser humano logró separarnos. Todavía me pregunto por

qué, cómo es posible que haya tanta maldad en el mundo, si sería tan fácil vivir

todos en este planeta maltratado con un poco de amor, de comprensión, de

solidaridad. Selene se empeñó en que no fuera a verla y en que sería lo mejor

olvidarnos el uno del otro. Como si eso fuera posible. Era terca. Y yo, que también lo

soy y mucho, me dejé influenciar por su insistente negativa y su empeño en no

verme, hasta que me encolericé y dije basta, si ella no quiere verme, yo no haré

más intentos por sacarla de su error...

ULTIMA PARADA...

...y ahora el asiento junto al mío permanece sin su cuerpo de antes, y la veo tal

como la veía y la sentía antes del horror, cuando los dos viajábamos noche tras

noche rumbo a su ciudad para despedirnos una vez más hasta mañana, con un

beso largo y una sonrisa interminable en sus labios, alzando nuestras manos y quizás

soñando con permanecer unidos toda nuestra vida... pero logré al fin romper mi

abulia y aquí estoy ahora, el tren llegando a Fuenlabrada, donde voy a correr

hasta su casa y derribar la puerta si no quieren abrirme para decirle que la quiero,

que basta ya de estupideces, que no puedo concebir la vida sin ella, sin su amor

que me llenó de paz, de alegría de vivir, de dicha, y llegar hasta la silla de ruedas

donde está condenada a vivir el resto de su vida, para decirle, para gritarle, Selene,

te quiero, coño, ¿cómo te atreves a dudarlo?, ¿cómo es posible que pienses que

tú no eres lo mejor para mí, si tú eres lo mejor que he encontrado en mi vida?... y

pedirle, reclamarle, exigirle que se case conmigo...


 

Augusto Lázaro



http://laenvolvencia.blogspot.com