domingo, 9 de abril de 2017

LA CELULA FUNDAMENTAL

Se lo voy a contar todo, profesora, porque confío en usted. Verá. Mi esposo... es

decir, el que hasta hace apenas unos días era mi esposo y yo formábamos lo que se

llama una pareja compensada, por no decir feliz, porque la felicidad total no

existe, por supuesto. Una pareja de esas que se cuentan todos sus problemas y

tratan de ayudarse mutuamente. En fin. Fuimos novios durante tres años. Relaciones

con sus altas y sus bajas, pero siempre logramos superar incomprensiones,

discrepancias, todo eso, y salimos a flote frente a las muchas circunstancias

adversas que se le presentan a cualquier pareja. Es que nos queríamos, profesora,

nos queríamos de verdad, y el amor siempre se impone. Bueno, eso pensaba yo,

ahora yo pienso que no siempre se impone el amor. Pues bien. Nos veíamos a

diario en los momentos que teníamos fuera de clases, y nunca nos aburríamos de

vernos. Por eso decidimos casarnos unos meses antes de terminar los estudios, y

creo que ese fue nuestro error. ¡Ah! Pues sí. Todo marchaba bien, hasta que nos

llamaron para comunicarnos nuestra ubicación...



--¿Así que a pesar de todo eso que le he dicho yo me tengo que ir para Las Tunas y

mi esposa para Pinar del Río?

Fue un golpe seco. No supo qué decir de momento. El hombre comenzó a mover

los papeles que tenía sobre su buró, sin prestarle atención, como si la entrevista

hubiera terminado con esas palabras tajantes que le había espetado al joven. Pero

éste insistió:

--Mire, compañero, nosotros estamos recién casados y...

El hombre levantó la cabeza y lo miró de refilón.

--¡Ah, sí! Comprendo. Pero yo no tengo nada que ver con eso. Yo le informo lo que

está escrito aquí en el plan de ubicación.

El muchacho sabía eso. Tomó los papeles que el hombre había colocado frente a él

y salió del despacho. El y su esposa no eran de esos que firman compromisos y

después los lanzan al latón del olvido. Pero habían planteado que, de ser posible,

los ubicaran juntos. Y habían llenado una boleta donde exponían su situación. Y

ahora se les presentaba la posibilidad de irse juntos, con un traslado que él había

gestionado. El muchacho caminó un largo rato sin dirigirse a ningún lugar

determinado. ¿Cómo decirle a ella que su último intento había fracasado?



Pero eso no fue lo que más nos molestó. Verá usted. Resulta que junto con mi esposo

que por cierto, tenía que ir a trabajar a un municipio de Las Tunas, no a la cabecera

de la provincia, ubicaron a un muchacho graduado de la misma carrera y... ¿sabe

de dónde era el muchacho? Pues nada menos que de Pinar del Río, profesora. De

la misma ciudad a donde me enviaban a mí. Ya no se trataba de un simple traslado

como mi esposo había planteado, sino de un cambio para el mismo lugar y para el

mismo trabajo. O sea, que yo tenía que irme para Pinar del Río y el muchacho de

Pinar del Río tenía que irse para Las Tunas, junto con mi esposo. ¿Se da cuenta? Pues

bien. Enseguida hablamos con el pinareño y le planteamos el cambio. Por supuesto

que él estuvo de acuerdo, y a partir de ese momento comenzó nuestra agonía:

hicimos múltiples gestiones, llenamos docenas de boletas y planillas, explicando

nuestra situación y la posible solución con el traslado del compañero de Pinar del

Río para su provincia y todo lo demás. Pedimos, rogamos, suplicamos que por favor

nos ubicaran juntos, ya que se podía hacer sin afectar en lo más mínimo el plan de

trabajo pos-graduación de la Universidad. Incluso planteamos que estábamos

dispuestos a ir al lugar más intrincado, más inhóspito, más difícil que hubiera... sólo

queríamos estar juntos, trabajar juntos, vivir juntos...



--Mira, Margarita, lo primero que tenemos que hacer es irnos cada uno para su

provincia y ya. Después veremos.

--¿Irnos así como así? ¡Qué fácil tú lo dices! Parece que a ti no te importa pasarnos

dos años separados.

--¡A mí sí me importa! Pero...

--Pero nada. Si aceptamos eso, nos quedamos así todo el tiempo: tú allá en Las

Tunas y yo en Pinar. Tú lo sabes bien.

--Está bien. Pero si no nos vamos tendremos más problemas y esta gente va a tener

un arma entonces para ganarnos la partida.

--Y si nos vamos, ¿tú les vas a ganar la partida después?

--Es posible.

--¡Ay, Pedrín!

--No te pongas así. Eso es lo primero que van a decir, que tú y yo lo que queremos

es quedarnos así, cómodos, fresquitos, sin pasar trabajos, todo eso.

--No sé, chico, la verdad. Tú por un lado y yo por otro... y en los extremos de la isla.

No sé, no sé...

--Bueno, vamos a ver. Enseguida que lleguemos empezamos a plantear el problema

a todos los niveles. A dar la tángana. Y con la moral de que aceptamos irnos para

donde nos mandaron, ¿eh? Así que cálmate. Tú verás cómo todo se va a resolver.

Un traslado como éste no perjudica a nadie y beneficia a tres personas. Lo que pasa

es que esta gente lo complica todo. Parece que gozan haciéndole la vida a uno

más difícil.



Usted se ríe, profesora. ¡Ay! Porque usted no sabe la que hemos pasado. De más

está decirle que no pudimos resolver el problema. Por mucho que planteamos,

explicamos, detallamos, pero todo fue inútil. El caso es que comenzamos a trabajar,

él por allá por una zona intrincada de Las Tunas que yo nunca conocí, y yo en Pinar

del Río, en la misma ciudad. Yo estaba mejor, claro, por lo que él me contaba en las

primeras cartas, pero imagínese: separados, lejos uno del otro, metidos en albergues

que sólo tenían las mínimas condiciones para vivir. Sí, nos pagaban la distancia y

todo eso, usted sabe. Mire, yo no soy de los que creen que un graduado se debe

ubicar frente a la puerta de su casa, aunque los hay que tienen esa suerte, por no

darle otro nombre. Pero no. Yo no. Bueno, él tampoco. Eso lo demostramos con

nuestra disposición de irnos para cualquier lugar, por apartado que estuviera. Pero

óigame, ni siquiera en la misma provincia. No es fácil, y menos teniendo una

solución al alcance de la mano...



La muchacha se sentó en la butaca y esperó. El hombre revisó los papeles y movió

la cabeza. La miró. Cerró el file y se recostó en la silla, detrás del buró.

--Compañerita, de verdad que lo sentimos mucho, pero no podemos hacer nada

por aquí. ¿Ustedes elevaron esta situación a la instancia superior?

--Sí, compañero, a todas las instancias. Pero parece que a nadie le interesa

resolvernos el problema.

--No hable así, compañera.

--¿Y cómo voy a hablar? Si esa es la verdad. A nadie le importa.

La muchacha estaba nerviosa y excitada. Hacía esfuerzos por contenerse, pero

sentía la necesidad de descargar su rabia. El hombre estaba serio y la miraba con

detenimiento.

--Fíjese, compañerita: si yo tuviera ahora su edad, me alegraría de que me

mandaran a la Cochinchina, no veo que eso sea una cosa tan grave.

--Claro, usted no puede verlo. Yo también me iría para la Cochinchina, pero ¿por

qué no puedo irme con mi marido?

--Pero si nada más que son dos años...

--Sí, nada más que son dos años, pero es que nosotros estamos recién casados.

¿Usted se imagina lo que significa separarse así? Y más pudiendo resolver la

situación con ese cambio con el muchacho de Pinar del Río.

El hombre miró su reloj. Se veía molesto, tal vez aburrido. La muchacha no entendía

que la entrevista había concluido.

--Mire, joven, ya nosotros hicimos lo que estaba a nuestro alcance. Yo le sugiero que

plantee este asunto a otro nivel. Le repito: por aquí no podemos hacer nada más.

Créame que lo siento.

Se levantó, como dándole a entender con esa acción que ella debía abandonar el

despacho. La muchacha se levantó también, lo miró de arriba a abajo, apretando

los labios, se volvió, y se dirigió a la puerta de salida. Al abrirla, el hombre le dirigió

unas últimas palabras:

--Ustedes los jóvenes siempre están protestando. Nunca les parece bien ninguna

disposición oficial. Ojalá que en mi tiempo yo hubiera tenido las facilidades que

ahora les da a ustedes la Revolución.

La muchacha salió del despacho tirando la puerta con toda su fuerza.



¿Usted sabe lo que me dijo un funcionario una vez, profesora? Por favor, no se ría.

Pues me dijo: "yo creía que las burguesitas ya se habían ido todas del país". ¿Qué le

parece? ¡Ah! No me cree. ¿Que ya eso no se usa? ¡Ay, profesora! Perdóneme, pero

usted peca de ingenua... Y eso que lo nuestro ya se conocía desde antes de nuestra

graduación. En la Facultad, y yo creo que en toda la Universidad, debe haber

engavetado más de un kilogramo de papeles referidos a nuestro caso. Pero nada.

Yo llegué a preguntarme si es que habría alguien que quisiera fastidiarnos, porque...

sí, fastidiarnos, profesora. Hay de todo en la viña del Señor...



Los alumnos estaban terminando de pintar el local de la FEU. Todos chorreaban el

blanco y el azul de las latas y las brochas. Tenían las camisas y las blusas arruinadas.

--Oigame, compadre, yo no nací para pintor de brocha gorda, la verdad. Bueno,

creo que ni de brocha fina, vaya.

--Ah, déjese de eso, que usted le mete.

Margarita se acercó a su novio respirando agitada. El dejó la brocha, le hizo una

seña al muchacho que conversaba con él, se quitó el gorro hecho con periódicos

viejos, y se sentó con la muchacha en el piso del local.

--Ya no doy más.

Margarita le pasó las manos por la frente y la cara, secándole el sudor. El otro joven

los tocó por los hombros y los sacudió.

--No se me enfríen, que esto no se ha acabado. Esto hay que recogerlo y limpiarlo y

dejarlo como si aquí no se hubiera hecho nada. Y óiganme -los miró con picardía-, si

se me cansan así tan fácilmente ahora, ¿qué va a ser cuando se vayan de luna de

miel?



Perdóneme, profesora, es que me pongo nerviosa y... yo, es que no me acostumbro

a... no puedo creerlo, no sé... siempre me dan deseos de llorar. Es que todo esto es

tan absurdo que... Bueno, sigo: esto se lo cuento para que usted vea que en la

Universidad no tuvimos ningún tipo de problemas. Participábamos en todas las

tareas, nos llevábamos bien con todo el mundo, bueno, todo. Ningún problema. Ni

siquiera fuimos amonestados nunca. Ni por la FEU ni por la UJC ni por la Facultad. Y

además, siempre planteábamos que estábamos dispuestos a ir a cualquier lugar, en

todas las entrevistas que nos hacían. Dentro o fuera del país, donde fuera. Los dos

juntos, profesora. ¿Usted cree que es pedir demasiado? Porque yo conozco casos,

incluso de internacionalistas, que marchan juntos a cualquier país y allá trabajan dos

o tres años. La verdad, no me lo explico...



--Compay, ya hace un año. ¡Un año! Lucha que te lucha y mierda.

El muchacho se sentó en un tronco a la orilla del río, tomó una piedra y la lanzó al

agua, y miró el chorrito que la piedra desplazó hacia arriba en su caída.

--No nos hacen caso. Nadie, viejo. Pero mira, para que tú veas que no eres tú solo el

que se engorriona.

El Pinareño sacó un sobre arrugado del bolsillo de su camisa y se lo extendió.

--¿Una carta?

--Léela. Es de mi novia.

La carta decía más o menos que ella estaba cansada de esperar y esperar, que se

sentía muy sola, y al final le confesaba que había salido varias veces con un

compañero de Inteligencia Artificial, que sólo habían ido al cine y a comer helados,

pero que no quería que le fueran con el chisme, "porque de todo se entera una".

--¿Qué te parece? Yo lo sabía, socio, las mujeres ahora no son como mi mamá o

como la tuya, no. No están dispuestas a esperarlo a uno mucho tiempo.

--No me jodas, Pinareño.

--Bueno, a lo mejor la tuya no, compadre. Como que ustedes se matrimoniaron y

eso, a lo mejor la tuya no, la tuya puede ser que te espere. Ustedes ya son una

pareja reconocida, vaya... ¿cómo se dice? Una pareja oficial, ¿no? A lo mejor...

pero no te preocupes, socio, haz como yo, no cojas lucha con eso. Lo que pasa

conviene, ¿no?

--¿Así que la mía puede ser que me espere? -el muchacho hizo un gesto grosero,

llevándose la mano derecha a la bragueta-. ¡Esto! ¿Tú sabes cuánto tiempo hace

que Margarita no me escribe?

--Bueno, pero no le hagas cráneo a eso. Mira, oye lo que te voy a decir: si mi novia

se enreda con otro tipo allá, al carajo, mi socio. ¡Al carajo!, viejo. Eso quiere decir

que no me convenía. Y en tu caso, no sé, pero en tu caso... perdóname, pero si tu

mujer hace lo mismo, alégrate, socio, alégrate. Por una que se te vaya, ahí están

tres esperándote. Y acuérdate: un clavo siempre sacará otro clavo.



Pues el caso es que tuvimos que permanecer dos años separados. ¡Dos años!

Trabajando disgustados, esperando, confiando en un milagro que pudiera reunirnos.

Pero nada, profesora. Nadie oyó nuestros ruegos. Y oiga, no es fácil. Eso no es fácil.

Saque usted que nunca pudimos estar juntos en todo ese tiempo, a no ser durante el

mes de vacaciones que nos dieron al finalizar el primer año de trabajo social y...

bueno, ya usted sabe. Nos fuimos enfriando y... pasó lo que tenía que pasar. Yo

siempre he creído en eso que dice la canción, que la distancia es el olvido. Por lo

menos, con la vida agitada que tenemos, un amor a distancia me parece que está

condenado al fracaso...



Querida Margarita: hoy hace exactamente seis meses que no estamos juntos. No es

que mi memoria sea brillante, es que aquel último día lo anoté en una libreta que

llevo con todo lo que me ocurre que considero importante, y hoy, revisándola,

descubrí esa nota, y quise escribirte. ¿Te acuerdas? No fue aquel un encuentro

como esperábamos. Te pusiste a sermonearme en lugar de aprovechar el poco

tiempo de que disponíamos, y para colmo una escenita por Claudia, por la foto que

viste en la carpeta. Por Claudia, que lo único que ha hecho desde que estoy aquí

es llevarse bien conmigo y ayudarme a pasar este tiempo separado de ti. No estoy

muy seguro, pero me parece que tú y yo no nos queremos como antes. Me gustaría

conocer tu opinión. Yo he hecho todo lo posible por resolver nuestra situación, pero

compréndeme: no es fácil soportar esta vida así, lejos, a veces siento la necesidad

de estar con alguien, ¿comprendes?, de compartir con alguien que me comprenda

y que al menos me alivie el peso de esta soledad. Y créeme, no se trata de un

problema físico, no, eso sería lo de menos. Se trata de que necesito a alguien que

comparta conmigo los momentos libres, a veces insoportables y demasiado solos,

con alguien que me haga sentir que todavía estoy vivo, ¿comprendes? Por favor,

no sufras inútilmente. Escríbeme y dime cuál es tu opinión. Ya no me escribes como

al principio. Dime cualquier cosa. Ya no nos falta tanto para terminar este suplicio.

¿Tú crees que podríamos continuar nuestra vida como al principio de casados?

¿Qué tú piensas de eso? No dejes de escribirme y dime la verdad, y dime todo lo

que piensas. Te recuerdo siempre con mucho cariño. Pedro.



¿Se da cuenta, profesora? Viviendo en esas condiciones nuestro matrimonio estaba

condenado. Yo pensaba que podríamos resistirlo, pero me equivoqué. El comenzó

a andar con esa muchacha de allá en Las Tunas, con esa Claudia... ¡Ah! De todo se

entera una. Pero qué importa eso ya. Lo cierto es que nuestra relación se fue a

pique. Ahora estamos divorciados, ahora que vivimos otra vez en la misma ciudad.

Todo se terminó, y yo estoy segura de que nunca pudiéramos ser como antes, si

volviéramos. Pero claro, no vamos a volver. Ni Pedrín ni yo creemos en una

reconciliación. Ahora él está embullado con una alumna de Ingeniería y yo...



--¿Por qué no salimos esta noche?

--Por favor, Enrique, que tú sabes que yo soy casada.

--Sí, yo sé bien que tú eres casada, pero ¿qué tiene eso de particular? Tú necesitas

salir, distraerte, diverirte. Aquí en Pinar no conoces a nadie, no conoces nada.

Siempre metida en el albergue, y siempre triste. ¿Qué tiene de malo que salgamos

una noche a cualquier lugar?

--Mira, Enrique, no tiene nada de malo, pero yo siempre he creído en la fidelidad, en

la lealtad. A mí no me gustaría que Pedrín saliera allá con otra.

--¿Y tú estás segura de que él no sale allá con otra?

--No, claro que no estoy segura. Dije que no me gustaría, nada más.

--Estás viviendo en la prehistoria.

--Estaré viviendo en la prehistoria, pero me siento bien así. Además, también siempre

he pensado que cuando un hombre y una mujer andan juntos mucho tiempo,

terminan acostándose.

--Está bien, está muy bien. No vamos a seguir discutiendo esos conceptos. Pero

piénsalo, ¿eh? ¡Piénsalo bien! Necesitas dar un cambio a tu vida. Te estás

anquilosando. Y eso se refleja en tu trabajo. ¿No has oído los comentarios?

--Sí, los he oído.

--Pues entonces reacciona. Y óyeme, voy a insistir, ¿oíste? Voy a insistir. Quiero salir

contigo. Y eso no es ningún crimen.



Al principio me negué, profesora, pero el muchacho insistió tanto, y con tanta

vehemencia, y yo me sentía tan sola, tan desesperanzada, tan cansada de luchar

inútilmente, que un día accedí a salir con él. No pasó nada, por supuesto, y la

verdad que la pasamos bien. Me distraje, me olvidé por unas horas de todos mis

problemas, de mi situación. Y en honor a la verdad, me sentí bien con él. Enrique es

un muchacho respetuoso, delicado. Pero bien. Después salimos varias veces más.

La gente comenzó a vernos como pareja, y los comentarios... ya usted sabe. Una

noche él me llevó a un club nocturno de lo más bonito, en las afueras de Pinar.

Hacía más de tres meses que no recibía carta de Pedrín, imagínese. Tomamos,

bailamos, y... cedí. Sí, ya sé que somos débiles. Los hombres también lo son y nuestra

sociedad ve esas debilidades sólo en las mujeres. Esa discriminación todavía existe.

Pedrín por allá con sus cosas y nadie dijo nada. Y yo en Pinar tuve problemas por

salir con Enrique, aunque nadie nos viera nunca en nada. ¡La igualdad! Sí. ¡Qué

bonito hablar de la igualdad! Pero en la realidad todo no es más que un teque...



--Pues sí, mi amiga, como te lo estoy contando. Ese tipo me dijo que Amalia Simoni

esperó eternamente a Agramonte y que éste le correspondió. No se puede negar

que el hombre conoce la historia. Pero es un cretino. ¡Ah!, como si todos pudiéramos

ser como nuestros grandes héroes.

Margarita baja la cabeza. La muchacha le pasa una mano por el pelo y las dos

se quedan pensativas. Están sentadas en el parque. Alrededor del banco vuelan

los gorriones que se aglutinan en un árbol viejo. La tarde está nublada. Margarita

y la muchacha se miran. De pronto se echan a reír.

--Yo la pasé mejor que tú. Al menos, mi marido estaba cerca, en otro albergue. Pero

aun así te digo que no es fácil. No. ¿Dónde vamos a encontrar un sitio para estar

juntos y solos siquiera un par de horas?

--Cerca, pero separados, sin posibilidades. No, no es fácil, tienes mucha razón. Hay

que ser un mago para encontrar un buen hotel. O tener un socio fuerte en Turismo.

No, no. Eso de que la familia es la célula fundamental de nuestra sociedad suena

muy lindo, sí. En los papeles y en los discursos. Pero en la práctica, ¡ñiringa!

Las dos muchachas se levantan y caminan un rato por el parque. Durante unos

minutos no hablan. Observan a la gente que camina como ellas o que está en los

bancos, quizás conversando sobre sus problemas. Como ellas. Comienzan a caer

goticas de agua. Se detienen. Entonces miran los pajaritos que se recogen en sus

huecos.

--Suerte que tienen, ¿verdad?

--Suerte, sí. Al menos tienen un hogar y viven juntos.

--Bueno, ya. ¡Basta ya! ¿Qué te parece si nos vamos a ver esa película que nos han

recomendado?...



http://laenvolvencia.blogspot.com






(fragmento de la novela EL AULA SUCIA)v

domingo, 12 de marzo de 2017

HAY MOTIVOS... Y HAY SON

¡Qué día! La verdad que te has ganado el derecho a sentarte ahí con tu querida

máquina de escribir, en paz. ¿Cómo se te ocurrió la idea de dedicarte a las letras? Y

en este país nada menos. Tu padre te lo decía, el pobre, desde que te metiste en el

taller literario y te olvidaste de tu propósito -y su sueño- de estudiar ingeniería: hijo,

vas a cambiar la vaca por la chiva, y le faltó agregar que la chiva estaba enferma.

Pero tú eres cabezón: engavetaste los manuales y te enredaste con Vargas Llosa,

Cortázar, Carpentier, y otras yerbas que andan por ahí pinchando a inocentes

como tú para que se enfrenten con estoicismo y decisión a la siempre impresionante

cuartilla en blanco. ¡Ah! Pero dejemos eso, hijo, tu mal no tiene cura. Te picó el

bichito y ahora, aunque te riegues un cartón entero de Micocilén en todo el cuerpo,

vas a sentir la picazón hasta dormido. Mírate ahí sentado, listo para arremeter contra

esa Remington que increíblemente todavía funciona después de cincuenta años de

uso en varias manos y comenzar a llenar esa hoja, que eso sí fue un milagro que

pudieras conseguir, porque aquí ya no se ve papel ni en la Junta Central de

Planificación. La suerte te llevó a pasar por EL SIGLO XX y descubrir al negro de las

agenditas y los almanaquitos de bolsillo y las oraciones mimeografiadas -esas

menudencias que encuentran presa fácil en el río revuelto- y cuando notaste

aquellos bloques de hojas de papel gaceta -y sin rayas- por poquito le das un beso

al negro. ¿Y cuánto vale el bloque?, le preguntaste, y el negro se te quedó mirando

porque encima de cada trozo había una tarjetica con el precio que tú no notaste

porque estabas en éxtasis. Pero en fin, seis pesitos por un bloque de cien hojas no

estaba nada mal. No tenías dinero para más y decidiste ir comprando poco a poco

lo que te hiciera falta, pues el negro te dijo que él siempre tenía esas hojas. Eso no lo

compra nadie, te informó, y tú le sonreíste, alegrándote de que eso no lo comprara

nadie, pensando que ningún escritor había pasado por allí, porque no quedarían ni

los cartoncitos con el precio. Los escritores no entran en las tiendas de ropa, ¿para

qué?, razonaste, concluyendo en que tú eres un tipo raro de escritor. Pues desde

ese día te hiciste cliente del negro, pero como necesitabas pasar la novela con

copias tuviste que comprarle una docena de cuadernos: setenta y dos pesos

contantes. Pero al fin, después de padecer la espera de la búsqueda inútil ya tenías

tu papel para la novela y para ese cuento que ahora vas a comenzar a escribir.

Claro que la cosa no se resolvió tan fácil: cada vez que llegabas a la casa con un

bloque y lo colocabas junto a lo que te quedaba del anterior te dabas cuenta de

que las hojas no eran iguales: más largas, más cortas, más anchas, más estrechas,

y los colores y el grosor tampoco eran idénticos, pero qué importaba todo eso si por

fin tenías lo principal: papel para escribir. Bueno, pensaste, lo llevaré a cualquier

imprenta para que me lo emparejen con la cuchilla, y una mañana metiste lo que

tenías escrito y el resto de los bloques en un bolso de CUBALSE y te llegaste a la

imprenta de la Industria Gráfica de la calle Calvario, la que te quedaba más cerca.

¡Ja! La cuchilla, o sea, lo que llaman la guillotina, estaba rota. Te tomaste un café

aguado en un timbiriche particular y buscaste otra imprenta, y en la otra, que no

estaba muy lejos, te dijeron que el operador de la guillotina había salido a resolver

un problema personal urgente, que no se sabía cuándo regresaría, si regresaba, y

que allí nadie sabía usar ese aparato. No desesperarme, te dijiste, y con tu Cubalse

a cuestas, que ya te pesaba bastante, te encaminaste hacia el tercer intento. Y

efectivamente, el que persevera triunfa, en aquella otra imprentica que parecía un

puesto de frituras pudiste resolver tu problema. ¡Qué alivio! Un batido de zapote y

un boncito con pasta en el timbiriche de la esquina y a casa con tus mil doscientas

hojas exactamente iguales. O casi. Al menos en la forma, aunque de distintos

colores y espesores, que eso la guillotina no pudo unificar. Pero en fin, pudiste pasar

la novela en un mes y una semana, dando tecla a todo tren, y ahora vas a

comenzar a escribir ese cuento que ya tienes estructurado en la cabeza. No te

preocupes, tú verás qué bien te va a salir, después ya verás qué haces con él.

Quizás pudieras enviarlo a España. Pero no, eso sería abusar del gallego que está

parando arriba en el apartamento de Pilar y no, ya está bien. Ahora es mejor pensar

en el cuento. Y qué suerte ese gallego, que te prestó una revista con convocatorias

de concursos, porque aquí las convocatorias extranjeras brillan por su lejanía y

cuando llega alguna se queda en la piña de La Habana que controla todas esas

tramas. Así que esmérate, conecta el ventiladorcito polaco y métele manos, ya que

escribes con ambas, que viste en esa revista un concurso que da mil dólares por un

solo cuento de ocho páginas, porque aquí en tu país por ocho páginas no te dan ni

las gracias por participar. Por un libro completo -que para crearlo, bosquejarlo,

revisarlo, pulirlo, corregirlo, copiarlo, encuadernarlo y enviarlo hay que tener más

cojones que Ulises- el CASA, que es el que más paga, te da sólamente tres mil pesos

cubanos, que al cambio callejero serían menos de doscientos dólares. Claro, eso si

te llevas el premio, cosa hartísimo difícil, hijo mío, por la competencia y por todo lo

demás. Y si acaso una foto en el Granma y muchas gracias, ¿desea tomar un café?

Bueno, hijo, la cosa es escribir. Escribir e insistir a ver si un día tocas la flauta como el

burro de la fábula, sin alusiones personales, ¿eh? Después de todo has estado

dichoso: mira qué fácil conseguiste ese papel carbón para pasar las copias de la

novela: en un descuido de la secretaria de Cultura le sacaste de la gaveta el

celofán que tan celosamente guarda y enseguida lo metiste en tu carpeta: treinta y

seis hojas del bueno, Pelikan, que a ella le manda su cuñada desde Canadá,

porque Cultura no da ni del opaco de la máquina del teletipo viejo que aparte de

ensuciarte las manos, cuando lo usas una vez ya tienes que tirarlo al cesto. Claro,

otra cosa fue conseguir la cinta de la máquina, ahí sí tuviste que sudar y gastar suela

de zapatos y si no desenvaninas los veinte que te pidió Erasmo ahora estarías ahí

sentado maldiciendo la hora en que el bichito te picó. Y menos mal que tenías la

máquina de tu papá, porque escritores con máquina de escribir que tú conozcas

son nones y no llegan a tres. Ese artículo no se encuentra ni en las tiendas de dólares

y quién te viera a ti zancajeando de aquí para allá, en las Casas de Cultura,

cogiendo turno para usar uno de esos tarecos que usan las secretarias cuando se

desocupara. Ah, no, eso para aficionados de los talleres literarios, tú ya pasas del

nivel y no puedes caer tan bajo. Lo tuyo es así como estás ahora, con la soledad

imprescindible, que esa al menos no te falta nunca. Short y chancletas, un termo de

café, el ventiladorcito cerca, y si acaso una que otra asomadita a las persianas para

ver si ya salió la niña del tercero que siempre sale a esta hora bien apretadita a

sentarse con otras de su especie a mostrar sus cualidades físicas y logorreicas. No es

fácil. Hay que tener sangre de cangrejo moro y además encomendarse a la divina

providencia, porque ¿de qué puede vivir un escritor aquí? Si se dedica a otra cosa

siempre será un aficionado o una promesa incumplida, y si nada más escribe se

muere de hambre. No en balde tu tía Carola te lo dice cuando se encuentra

contigo en la calle: sobrino, hazme caso, deja los libritos y la maquinita y ponte para

Cubanacán, que eso es lo que da, lo demás es intentar sacarle punta a un lápiz

mocho. Tu tía Carola, sí. Mira lo de la novela: mandarla a una editorial ni soñarlo,

tú no eres ningún consagrado ni una de esas figuras nacionales establecidas que

tienen un pequeño espacio para sus ocurrencias, y para quienes no viven en la

capital los recursos son pobres y de solemnidad: te mandan una carta sin haber

leído la novela y te dicen que está bien, pero que le faltan algunos detallitos y te

quedas con las copias y con la resaca del esfuerzo y el tiempo dedicados a ese

menester de dar tecla, y sin el dinero que te costó certificar el paquete, que ese es

otro capítulo digno de Arrabal: en el correo siempre le encuentran -¡oh casualidad!-

algunos detallitos al bulto que llevas: que no está bien pegado o amarrado,

compañero, que tiene que cortarle las esquinas, joven, que el papel de la envoltura

es muy flojo, óyeme, es como para incrustárselo a la empleada de la ventanilla en

la cabeza. Mejor deja eso, muchacho. ¿Y a un concurso? Idem de lienzo. Podrías

enviarla, pero llevarse el premio es como la aparición de la virgen de Fátima a las

doce a. m. en la Plaza del Mediodía de Marianao. Además, tanto esfuerzo por si

acaso quinientos pesitos que se te irían en frituras y batidos a los quince días. No vale

la pena. Por eso te decidiste: ¿por qué no se la doy al gallego de los altos para que

la entregue en alguna institución de su país? Y a mandar la obrita para la Madre

Patria a ver qué suerte corre, que con probar no pierdes más que lo que ya has

perdido aquí sentado mirando a la Remington con cara de idiota. Pero imagínate

si te publican la novela en España: serías un escritor internacional y entonces aquí

enseguida te publican cualquier bobería que escribas de un tirón y sin pulir. ¡Ja ja!

Se te eriza la piel de pensar en la cara que pondrían algunos por ahí. ¡La novela!

La odisea de las hojas, del trabajo, de conseguir la ponchadora, las presillas, las

carátulas, no, hijo, Ulises es un comemierda al lado tuyo. Pero es inútil regodearse

con esos recuerdos calamitosos carentes de sustancia. Ya pasaste el puente, ahora

no mires a las cataratas no vaya a ser cosa que te marees y te caigas en plena

cascada. Si hasta goma de pegar conseguiste con la señora de los cucuruchos de

maní, que la hace de almidón, porque ni en el correo existe eso. Vamos, ahora a lo

tuyo, que con tu método casi siempre las cosas te salen campanudas: no sentarte

frente a esa hoja en blanco hasta tener bien alineada la historia que vas a contar,

sólo cuando te sientas, como ahora, en condiciones óptimas para darle a las teclas

(deberías ser pianista) que aunque ya son casi las ocho de la noche y todavía ni

baño ni comida ni nada, te ha entrado la corcomilla de escribir, y si aprovechas

va y lo escribes de un tirón, porque estás inspirado y no puedes dejarlo para luego.

Después lo guardas y a las dos o tres semanas lo revisas y comienzas a pulirlo, que

para eso tú nunca te has apurado. Y gracias que ya llenaste los tanques de agua,

no te pase como cuando escribías la primera versión de la novela, que cuando más

disposición tenías para armar un capítulo, ¡pum!, llegó el agua, movimiento

doméstico impostergable: los tanques, los latones, los cubos, el fregado, la cocina,

y el papel se quedaba esperando la caricia del lápiz, o de la máquina si ya habías

hecho un bosquejo, y cuando terminabas con esos trajines caseros ya ni tus manos

ni tu cabeza estaban para ninguna hoja en blanco.  Otras veces tenías aue correr

a la calle, que llegaron las papas, que hay huevos en la carnicería (y que hace

como un mes que no entregan, por cierto), que por fin trajeron el faltante del arroz

a la bodega... Así que ahora tienes que clavarte ahí, en esa banqueta ortopédica,

y a teclear se ha dicho, que después podrás bañarte feliz y comerte contento el

jurel y las papas hervidas y a dormir, porque esta noche en la tele lo único que van

a pasar es la comparecencia número mil ciento ochenta y seis del Presidente de la

Asamblea Nacional del Poder Popular repitiendo lo mismo que dijo en la número

mil ciento ochenta y cinco la semana pasada, por los dos canales, y eso tú no te

lo vas a disparar. Vamos, frótate las manos, que lo que tienes en la chola va a dejar

chiquito al pobre Rulfo, trae el Predom y ponlo cerca, que el barómetro está al

romper los 35 y la humedad por encima del 90, y escribir sin aire en este calorcito

delicioso y húmedo es una idea casi inquisitorial. Y a ver la vuelta que le das a eso

que quieres escribir, por si acaso, acuérdate de lo que le pasó a Armandito, el

pobre, que muy poco faltó para que lo acusaran de diversionismo ideológico por

aquel poema oscuro (como dijo Rubén) y ambiguo (como señaló la asesora del

taller literario) y hasta sospechoso (como recalcó ese gordo que aunque no es

escritor ni miembro del taller siempre acude a las reuniones a observarlo todo).

¡Cuidado! Y a ver después, porque fuera de la capital sólo puedes aspirar a la

benevolencia de Cultura que edita plegables de ocho paginitas recortadas de los

desperdicios de la imprenta y gracias, con doscientos ejemplares de tirada única

que circulan entre la misma gente que ya conoce el cuento o los poemas. No, no

es fácil. Y mira el mismo Carpentier que escribió en la misma cárcel en agosto de

1927 (preso por actividades políticas) la versión completa de su primera novela,

Ecué Yamba-o. ¡Ay, muchacho! Mírate ahí tú, que no estás en la cárcel, lo que

tienes que inventar para escribir el cuentecito ese... Pero vamos, hombre, acaba

de empezar de una vez, que ahorita te cogen las diez y no has tecleado ni la

primera frase... Así, así, tú verás que te va a quedar de rechupete. Estás en tu

mejor momento. Sigue, sigue... pero... ¡recoño! ¿Qué es esto? ¡Mameyes! Lo que

faltaba. Ahora sí... Precisamente ahora que tienes la musa en estado de gracia:

¡el apagón! Nada menos que el dichoso apagón. ¡Cojones! Y que hoy no estaba

programado...

Augusto Lázaro

(en días del primer período especial en Cuba)

Lea mañana en http://laenvolvencia.blogspot.com el post 372 titulado HAY MOTIVOS... Y HAY SON